CHARLATANES DE LA NOCHE

          CHARLATANES DE LA NOCHE

 

—Nunca pensé que me cansaría de hablar con vos.

—Yo también.

—Yo tampoco.

—Vos tampoco... ¿qué?

—Que tendrías que haberme dicho «yo tampoco», no «yo también».

—¡Ah! ¿Vas a volver a esa época en que me corregías todo el tiempo?

—Ja ja ja, no te olvides que fui docente, no lo puedo evitar.

—¿Ves? Al final te hice reír.

—Parecemos un matrimonio. Si alguien nos escuchara ahora no lo dudaría.

—¡Callate! Si estuviera aquí mi pareja esto sería el aburrimiento total.

—Mi caso es todo lo contrario. A mí me hubiera encantado…

—Sí, sí. Ya me lo dijiste millones de veces, empezás a aburrirme otra vez.

—Y vos empezás a cansarme con tus absurdas reyertas.

—¿Ves? Pasamos de la risa a la pelea, ¿no te lo digo yo?, ¡parecemos un matrimonio!

           

            Las carcajadas podían escucharse desde varios kilómetros a la redonda. La noche bajaba el telón sin luna. El invierno había llegado con mucha nieve, más de lo normal. El viento soplaba incesante, con ráfagas violentas y perturbadoras. Nadie se atrevería a caminar con tanto frío por la zona.

 

—Como siempre, damos la nota por aquí. Nuestras voces son lo único que interrumpen la monotonía.

—«Procura hablar solo cuando tus palabras superen la sabiduría del silencio».

—No empecés de nuevo. Eso es una idiotez del viejo decrépito ese que se creía sabio, menos mal que se lo llevaron.

—No hablés así, dijo cosas que a mí me gustaron mucho, como esa frase conocida, y me han servido para reflexionar …

—Mmm

—Y sí. ¿Qué otra cosa nos queda más que reflexionar?

—A ver... ¿qué elegís? ¿La nada o la nostalgia?

—La nostalgia, sin dudarlo. Porque no es tristeza, solo es lejanía.

 

            De repente se hizo un largo silencio. Todos los días sucedía igual. El silencio a veces era desesperante; otras, un bálsamo.

 

—Bueno, dale. Te quedaste sin decir nada. Yo elegí la nostalgia… ¿y vos?

—Me lo quedé pensando, pero tampoco tengo dudas de ello. Elijo la nada.

—Pucha, siempre tan contundente. A mí me aterra la nada, porque me suena a un agujero sin bordes.

—Ja ja ja. Es una buena imagen de ello.

—Es espantoso. Odiaría la nada. Nada que recordar, nada donde aferrarse. ¿Y nuestros seres queridos? ¿Y todas las cosas que hemos pasado adónde irían? No, no, no. Definitivamente no. Hay que elegir los recuerdos y defenderlos a toda costa.

—Claro, igualmente no queda otro camino que hacer eso.

—¿Quién te dice? Aprendí con los años que todo sigue mutando, tal vez mucho más lento hoy en día.

—Hoy en día todo va más rápido.

—Y ahora volveremos a discutir. Hoy en día todo va más lento.

—Eso es porque no te movés de nuestra perspectiva. Para nosotros solos todo va lento.

—No me muevo, me movería si pudiera, eso sí que lo extraño tanto…

—Y es obvio, si siempre elegís la nostalgia.

—Ja ja ja.

—Me parece que deberíamos dar un paso más. Atrevernos a la nada…

—A mí me parece que eso no lo decidimos nosotros. No lo sé.

—Esperá, ¿no hay demasiado silencio? No escucho ninguna otra voz.

—¡Es verdad! Debe ser un día de esos feos, que se pone helado y una capa de nieve tapa todo. Nosotros no nos damos cuenta, pero…

—Sí, seguro que sí, si ya es pleno invierno.

—Nadie mejor que vos para contar los días.

—Eso no es verdad, no sé qué día es hoy, pero sí sé que es invierno. Se percibe de algún modo.

—¡Ajá!

—Por eso prefiero la nada, no percibir nada de nada. Ojalá algún día…

—Trataré de descansar un poco, cuando te ponés así empiezo a pensar que con mi pareja hubiera sido más divertido todo esto.

 

            Amaneció nevando otra vez. El viento soplaba más furioso que la noche anterior. El cementerio del pueblo se encontraba sumido en un silencio enloquecedor. Esa mañana nadie tenía ganas de conversar, ni siquiera los más charlatanes de los nichos de la bóveda oeste.

Comentarios