—Papá, esta tarde voy a salir con un
chico —me dijo Catalina con sus quince años florecientes. Traté de mantener mi
rostro inexpresivo, quería aparentar que su noticia no me afectaba. Supongo que
no me salió.
—Me parece bien —respondí (tal vez
mentí un poquito). A ella le gustó siempre contar sus cosas y eso es algo muy
positivo, pero nunca pude hacer un curso para ser padre.
Como de costumbre, me lanzó la
pregunta complicada, sin anticipos.
—¿Y si no le gusta como soy? —Ahí ya
no pude esconder mi cara de asombro—. Porque en las redes sociales soy re
copada, pero cuando me vea en la realidad tal vez no le guste…
«¿Cuántas realidades hay?», pensé.
—Vos tenés que ser como sos
naturalmente. Y si no le gusta, él se lo perderá.
La mirada silenciosa de Catalina concluyó
el diálogo. Mi respuesta fue irreversiblemente inferior a la pregunta. No ayudé
en absoluto. Me dio un beso y regresó a su cuarto. Tal vez por piedad —o
respeto nomás— me perdonó y no profundizó en sus cuestionamientos.
Me fui a sentar junto al fuego. Tuve
que reflexionar mucho para tratar de entender un concepto nuevo para mí y,
quizás, aún no tenga las respuestas adecuadas. Los adolescentes manejan su virtualidad
con mucha más seriedad de la que suponemos. El «ser virtual» no es un ávatar,
ni siquiera es una herramienta; es ser uno mismo.
Yo creía que algo no era «real» por
no tener existencia física, pero allí —en la virtualidad— se sueña, se siente,
se conecta, se comparte, se vive.
Mi comprensión del entorno digital o
virtual era insuficiente, y quizás lo siga siendo. Ella navegaba por aguas
desconocidas por mí.
La sensación de libertad y control
que se siente es tan absoluta como la vida misma. Allí se puede explorar mundos
completos y hasta crearlos de manera inimaginable. No tiene que ver con escaparse
de la realidad o buscar algo para relajarse. Se trata de encontrar el
equilibrio de uno mismo, entre diferentes universos.
En definitiva, la virtualidad es una
extensión de nuestra vida, no un mundo aparte. Hay mucho por aprender y
descubrir. Si bien debemos adaptarnos constantemente para mantenernos al día,
no quisiera perder de vista lo que creo más importante: nuestra esencia,
nuestra identidad.
Sin resistirnos a los cambios,
encontraremos la armonía.

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