Cotidianas… FERMÍN Y EL BOSQUE

            Fermín es hijo del bosque. No cabe ninguna duda.

            Aquí nació. Dio sus primeros pasos entre estos árboles. Comió sus frutos, bebió su agua, durmió arrullado por sus murmullos. Jugó con sus hojas, con su nieve, con sus secretos. Mamó su savia desde muy temprano…

            Nuestros vecinos más cercanos se encontraban a cientos de metros de nuestra casa. El bosque era inmenso. No podía imaginarme cómo lo percibía la mente de un niño. Cuando regresé a ver los sitios de mi infancia comprobé lo pequeños que eran, y lo increíblemente enormes que los recordaba.

            Siempre fue majestuoso verlo correr —tan chiquito— a grandes velocidades, saltando de piedra en piedra, esquivando plantas y arbustos, como un pequeño ciervo.

            Hasta nos llegó a decir —presuntuoso— en una mañana extremadamente fría:

            —Ustedes vienen todos de afuera, ¡yo soy de acá!

           

            Tenía cuatro años cuando viajó a Buenos Aires a visitar a sus abuelos. Yo tenía mis dudas de cómo se sentiría en la ciudad. ¿Sería demasiado apabullante para él? Me lo imaginé descubriendo sus calles, sus veredas, sus semáforos en cada esquina. Viajaría en tren. Lo llevarían al zoológico, a tomar helado…

            Sabía que iba a estar muy contenido en la casa de sus abuelos, que le darían todos los gustos, que jugaría en el hermoso jardín parquizado que tienen en el fondo de su casa, con el pasto bien cortado, las ligustrinas, los canteros llenos de flores. Hasta iba a disfrutar de una pileta que habían preparado para recibirlo.

            Cuando regresó le pregunté:

            —¿Y, Fermín? ¿Qué es lo que más te gustó de Buenos Aires?

            —Mirá, papá, lo que más me gustó es el bosque del abuelo, ¡es mucho más lindo que el nuestro!

Comentarios

Publicar un comentario