Joaquín tenía seis años. Me decidí a
jugar con él un viejo y conocido juego: la búsqueda del tesoro. Quise
fundir la fantasía con la realidad, y casi lo logro…
Enterré una bolsa con monedas
antiguas bajo un árbol, en el bosque donde se encontraba nuestra casa. Busqué
un papel viejo, amarillento, y dibujé con paciencia un mapa del tesoro, con
pasos contados entre varios puntos de referencia. Usé letras extrañas y
diversos colores. Lo coloqué en la ventana de Joaquín mientras dormía.
Por la mañana, se presentó a
desayunar muy excitado con su hallazgo. Tenía un mapa de un tesoro y... «¡era
verdadero!», dijo.
—No puede ser, Joaco, no está
nuestra casa en el mapa, esto no es de aquí.
—¡Sí, papá! No está la casa porque
este mapa es anterior a su construcción. ¿No ves que es antiguo? Está todo lo
demás.
Mi sonrisa casi me delata, yo estaba
feliz con el derrotero del juego.
Me costó mantenerlo sentado en la
mesa. La búsqueda comenzó sin terminar el desayuno. No estaba ni fácil ni
difícil, costaba un poco contar los pasos y encontrar bien las localizaciones.
Luego de una hora de búsqueda
incesante, Joaquín clavó la pala junto al árbol indicado. A pocos centímetros
encontró el tesoro. Sus ojos brillaban de una manera sublime.
Corrimos a casa y desparramó el
contenido sobre la mesa, había monedas de varias épocas y países distintos. Las había recolectado durante años.
Su cara cambió apenas las vio, confuso
y decepcionado. Entonces me dijo:
—No sirven, papá. No son de oro. Son
viejas, pero comunes. Igual no te preocupes, las podemos vender por internet.
Pensar que ahora el que colecciona monedas soy yo
ResponderBorrarJajajajaja
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