LOS CABELLOS DORADOS
José atraviesa el molinete en Constitución
con la mirada perdida. El calor sofocante del subterráneo lo conecta de nuevo.
Afuera llueve torrencialmente; adentro, solo ruido y sopor, y adentro del
adentro solo tormenta.
El pueblo se ve borroso o se está
borrando lentamente.
Está lejos, pero no está lejos. Sabe
que todavía no se fue del todo. ¿Qué será de los atardeceres junto al arroyo?
¿Qué susurrará el sauce llorón en su ausencia? ¿Quién pisará su senda del
pueblo al mercado, del mercado al pueblo?
Isabel no tenía la culpa, o quizás
sí.
Sube al último vagón, como siempre,
cree que no merece estar en los de adelante. Todavía le cuesta entender cómo cabe
toda esa gente en un tren tan pequeño. Los cuerpos se empujan, se aprietan, se
fusionan. Ve a Isabel en la otra punta; lo escudriña con odio. Pero no es
Isabel. Sabe que es imposible. A su lado hay una señora de cabellos claros.
«Solo se tiñe las canas».
Una década juntos, desde la
culminación de la escuela. No se hablaban mucho como estudiantes. En la fiesta de
fin de año José se animó y le declaró su amor. Isabel conocía de antemano sus
rabias, sus arrebatos de humor, su trato severo. No entendió jamás el sí rotundo,
tal vez para escaparse de sus padres. Eran muy jóvenes los dos, y demasiado
atrevidos. Se fueron a vivir al rancho abandonado en el final de la quebrada. Llevó
meses de trabajo ponerlo en condiciones.
El tren para en San Juan apenas
un momento, arranca y comienza otra vez el traqueteo, canta su monótona melodía
diaria. José va hacia el trabajo, pero no sabe si está yendo o viniendo. Le da
igual. La señorita que se sienta frente a él es demasiado rubia, le ve las
raíces oscuras en el cabello. «No sirve, es falsa».
Isabel tardó casi diez años en
quedar embarazada. La noticia llegó una mañana de primavera cuando creían que
algo malo les pasaba, que les habían echado algún gualicho por atreverse a
vivir, a formar una familia desde muy temprano.
El tren se detiene en Independencia.
Ahora lo miran todos en el vagón. Se pone más serio que nunca. Alguien tose y
disipa la atención. No hay nada más interesante que el anonimato de la ciudad,
es la demasiada luz que enceguece. Nadie sabe que está ahí, aunque lo miren. Tantas
personas juntas y todos tan solos. «La rubia que está parada en la puerta del
medio, esa sí».
Isabel dio a luz a una niña muy
blanca, con ojos azules y cabellos dorados. «Esta piba no es mía», le dijo José,
contundente, sin dudarlo. Ella juró por su madre y por su vida, no había modo
de engañarlo en medio del monte. Tenía que estar mintiendo, era imposible que,
de dos seres de tez oscura, cabellos y ojos negros, salga una niña de leche.
No hubo manera de apaciguarlo. José se
quedaba horas enteras indagando en los ojos de la niña. «Las mujeres rubias no
tienen finales felices».
Las peleas se intensificaron, las
amenazas se volvieron cotidianas.
El tren frena en otra parada; la luz
que se enciende dice Moreno. «La rubia que tiene esos auriculares
grandes, esa también puede ser».
Isabel se escapó con la niña, de
tanto que le temía. José no soportó semejante humillación. La encontró enseguida,
pero la pequeña ya no estaba, había sido entregada para protegerla. José le cortó
la garganta y pensó en quitarse la vida, pero fue cobarde en el momento final.
No pudo terminar la tarea.
Escapó de su pueblo, de su pasado, de
su historia, y se fue a vivir a casa de su bisabuela en Buenos Aires. No sabía
que tenía familia en la gran ciudad, hasta que un abogado le trajo los papeles
de una herencia que jamás imaginó.
Deja pasar Avenida de Mayo y Diagonal
Norte. Se baja en Lavalle, aunque le faltan dos estaciones para llegar
al trabajo. Va caminando lentamente detrás de la rubia de minifalda; tiene el
cabello bien claro, muy natural. Ella parece fácil y descuidada. Aprieta su
cuchillo en el bolsillo de la campera. Será rápido.
Pestañea un segundo cuando cree ver
a Isabel sentada en la escalera del subte, mendigando. Sabe que no es, la
enterró con sus propias manos. Pero lo que lo atormenta realmente no es Isabel
ni la niña. Lo que lo tiene desesperado es una foto de su bisabuela que lo mira
fijo cada noche, colgada en el living de la casa. Aún no pudo sacarla de allí,
no logra juntar el coraje. Una foto sepia, vieja, deteriorada, que permite
vislumbrar a una alemana de tez extremadamente blanca, ojos muy azules y
cabellos dorados.

Eres lo máximo amigo
ResponderBorrarEso no es cierto, pero se agradece el mimo!
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