LOS SUEÑOS DE OTROS O EL LABERINTO DE MI MENTE

LOS SUEÑOS DE OTROS O EL LABERINTO DE MI MENTE

 

            Escribo sueños, pero no son míos, son de otros. Vagan por el caos buscando a alguien que los pueda modelar. Las ideas fluyen sin sentido, sin orden aparente. Solo me tengo que sentar a desenmarañarlas. Comienzan a germinar palabras erráticas, desprovistas de lógica, esperando ser derramadas sobre el papel.

            Escribo sueños, no hay otro modo de decirlo, no hay manera de entenderlo. Escapan a toda comprensión. Los hilos de la memoria y de la imaginación se entretejen y se torna imposible distinguirlos.

            Así es el laberinto de mi mente: una maraña de símbolos, un enredo de contradicciones, un embrollo absurdo e inadmisible.

            Los pensamientos se pierden en la nada, intentan atrapar el eco de canciones que se desvanecen en la distancia. Son criaturas salvajes que escapan de mi control en todo momento. Por lo general, desaparecen en la bruma de la memoria; sin embargo —en raras ocasiones— cambian de forma y de sentido en un instante.

            La percepción del tiempo es relativa; la realidad, un desvarío.

            Escribo sueños de otros. Penetran en el laberinto de mi mente, en lo más recóndito de mi ser, y ya no pueden salir. Se entreveran, errantes sin remedio, enigmas sin refutaciones. Deambulan por sitios misteriosos y enigmáticos buscando su razón de ser. Nunca la encontrarán. Huyen desorientados. Se convierten en fugitivos. Nadie jamás los cazará.

            La verdad es un paraje sin atajos, sin fronteras, sin caminos. No hay modo de doblegar lo inaccesible. En contadas ocasiones, hay gente que llega allí. No es mi caso. Admiro profundamente a quienes suelen buscarla; desconfío absolutamente de los que dicen haberla alcanzado.

            Escribo sueños ajenos. Son pájaros de otros vuelos que anidan en mi pluma. A veces, se hace preciso desentrañar su significado en el vaivén de las letras, pero no hay caso, son fichas de un rompecabezas desbaratado. Son esquivos e inasibles. Despliegan una danza perpetua de emociones que suelen inundarme y aplacar mis incendios.

            Generalmente me pierdo entre palabras suspendidas en el aire, en espirales infinitos, atrapado en un revoloteo fugaz de significados intrascendentes. El laberinto de mi mente se convierte en un juego de espejos, en más laberintos dentro del laberinto. Quiero desentrañar la trama sin éxito. Cada paso que doy me lleva más lejos del centro de la telaraña.

            Me sumerjo en sueños ajenos, distorsiono las perspectivas y las confundo. La lógica se atenúa y lo absurdo se erige como única ley. Las metáforas son enredaderas indomables, desafían las convenciones del lenguaje y descubren un mundo oscuro y recóndito.

            Cada palabra es una puerta secreta que se abre hacia un misterio diferente. Trazan senderos invisibles, bifurcaciones impenetrables, posibilidades infinitas. Se esconden en los pliegues de los enunciados y provocan que los límites se disipen y las certezas se desmoronen.

            Escribo sueños de otros. Solo soy un mero intermediario.

            Intento darle forma a cada fragmento que encuentro. No busco crear una obra de arte, me alcanza y sobra con resonar en el núcleo de una sola persona.

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