ASCENSO
La luna llena ilumina casi por
completo la cara norte del collado. El sendero se percibe, se imagina, se traza
en la mente y en la mirada, pero no se conoce con certeza. El cuerpo en
movimiento, la mente en blanco. Trato de no pensar, solo sé que camino por la
montaña, o acaso la montaña camina por mí.
El sol asoma la frente por el este,
las sombras corren a guarecerse a toda velocidad, saben que muy pronto desaparecerán.
Un rojo anaranjado tiñe el cielo lentamente, el frío se torna desgarrador. Es
el momento de abrigarse con todo lo que hay en la mochila y, también, de colocarse
los anteojos para protegerse de los rayos del sol.
No sé bien qué me trajo aquí, si algo
me empujó a subir o fue mi propia decisión. Un irresistible deseo de ver el
mundo desde arriba y de disfrutar cada gota de tiempo, a pesar del esfuerzo
físico extremo.
Llevo un rumbo algo indefinido, lo
corrijo cada hora hacia donde —supongo— se encuentra la cumbre. Mi
determinación es inquebrantable; mis sentimientos, no. Por momentos sonrío, por
momentos me acongojo. La majestuosidad de la Naturaleza me envuelve, me hace
sentir despierto y vivo en el momento presente.
Pienso que comienzo a cansarme —o
solo me doy cuenta—. Maldigo mi flojera y me exijo no titubear. Trato de dejar
de hablarme. El asedio interior se vuelve frenético, la lucha es inevitable.
Las sensaciones no pueden controlarse; los pensamientos, sí. Los escucho y los
ignoro, los dejo ir. Dejo el debate conmigo mismo para más adelante.
La cresta final se levanta majestuosa en el
horizonte. El camino se estrecha, el corazón se ensancha. Cada paso es un reto;
sé que el esfuerzo tendrá su recompensa. Los músculos se tensan, los pulmones
se exigen arduamente y la sangre cabalga por dentro con fuerza.
No recuerdo cuánto caminé, no
controlé los kilómetros ni la altitud, ni las horas de marcha. Me dejé
arrastrar por la inmensidad. Encontré belleza en cada brisa, en cada piedra, en
cada montículo de nieve.
Luego, la cima.
No es el lugar ideal. No es el paraíso.
No es un portal a otra dimensión. Es un sitio pequeño, una isla en el cielo. Sin
embargo, hay algo sagrado en extremo allí, como si confirmara que el tiempo y
el espacio son solo una ilusión.
No hay nada glorioso en el desafío,
no hay héroes ni espectadores. Nadie aplaudirá ni dará un discurso, ni siquiera
una palmada en el hombro. La lucha es de igual a igual contra sí mismo.
Uno se sitúa en el borde del mundo y
olvida instantáneamente el cansancio. El sacrificio solo vale la pena si uno
sabe que está en plena búsqueda, aunque no sepa bien qué es lo que busca. El
silencio es imponente. La mente se despeja, se libera. Nada perturba el
instante. El éxtasis atiborra cada una de mis células.
Ya no escarbo en el pasado ni quiero
pruebas en mi vida, ya no mido las aventuras ni cuento las victorias, ya no
siento la valentía y la fuerza poderosa de la juventud. Solo exploro la
conexión, la paz irremediable que me envuelve en esos lugares.
Los sentidos se agudizan, la
respiración se acelera, los ojos se inundan. No puedo abarcar con la vista
semejante grandeza, mucho menos podrá hacerlo la cámara fotográfica. La
fantasía y la realidad se fusionan. Observo, escucho, olfateo, toco, siento…
La montaña dejó de ser una barrera,
un obstáculo a superar. Se ha convertido en mi amiga, mi consejera, mi maestra.
Se puede vislumbrar los secretos que oculta; a veces, los revela en el momento
exacto. La quietud, la fortaleza, el vínculo.
Una sinfonía de colores y texturas
se combinan en el gran espectáculo de la vida. Puedo descubrir que yo mismo soy
parte de ello, minúsculo e intrascendente, pero parte al fin.
Deposito un profundo agradecimiento
en la cumbre, sé que penetrará en cada grieta de su ser. La euforia y
admiración disminuyen y solo me quedo con la lección de humildad que he
recibido.
Entonces, simplemente, me doy vuelta
y emprendo el regreso a casa.
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