EL PERSEGUIDO
Pensé que ignorarlo todo mejoraría
mi existencia. Es evidente que me equivoqué. Don Gregorio Suarez me sigue
persiguiendo, y tengo la sensación de que me alcanzará antes del amanecer. Nada
pior que escapar de un alma que va penando, sedienta de venganza y odio
profundo.
Aprieté la cincha y rumbié hacia el
atardecer. Me dijeron que si iba pa´las montañas podía empezar de nuevo, allá
no llegan los tentáculos de la ley. Pero el camino se hace largo cuando el
corazón camina rengo y el viento te sopla en la cara pa´mantenerte con los ojos
cerrados.
Pensar que yo solía tener mi
tropilla. Iba de pago en pago y de estancia en estancia con lo mío, con lo
propio, sin deberle nada a naides. Me lucía ante la paisanada con mis pilchas y
mis potros. Nunca fui de cuchillo rápido, siempre se me dio más por pensar
antes de mandarme una macana. ¿Pa´qué pasar noches a la sombra cuando puedo
tener todo un pastizal por recorrer?
Pero Don Gregorio Suarez me encendió
la mecha. Yo bebía por los dos esa noche, y ahora sí que no recuerdo qué fue lo
que dije. ¿Me habré metido con su hermana? No lo creo. No valía la pena. Era
tan flaca y huesuda que daba miedo imaginármela en la cama, sin ropas y sin
carnes que aprietar. Y eso que se me regalaba con la mirada. Pero no, de seguro
que eso no fue.
Se ve que la muerte andaba al acecho
alrededor de la pulpería. Yo salí a mear detrás de la casona cuando se me
erizaron los pelos del cuello. Miré pa´ todos lados y no vi nada. Supuse que la
parca no andaría lejos. Lo que no me imaginé es que traía mi nombre y el del
otro anotados en su bolsillo, pa´ jugar a sacar uno de ellos al azar.
Don Gregorio me gritó:
—¡Vení, cagón! ¡Arreglemos esto de
hombre a hombre, acá afuera!
Me acerqué sigilosamente. Me había
salpicado las botas del jabón que me pegué cuando escuché a Suarez intimidarme.
Nunca fui de pelea gratuita y menos con un tipo de su calaña. Pero no soy de
los que salen arando cuando la vida te pone a prueba. Tomé coraje, que no
siempre es valor, a veces es estupidez. El vino se me había subido a la cabeza,
habíamos liquidado dos damajuanas en poco tiempo, y había comido apenas unas
chuletas resecas que no me llenaron las tripas.
Don Gregorio peló el facón, demasiada
arma para un tipo de su clase. ¡Seguro se la había afanado! Si no… ¿de dónde
sacó la guita para semejante empuñadura?
—¡Vamos, Suarez! —le grité de
lejos—. ¡No me vengás con estas pavadas! Soy un jornalero igual que vos. No
tenemos pa’qué pelearnos.
—¡De acá uno de los dos se va con
las patas pa´adelante! —me respondió, enceguecido.
Yo andaba medio mareao, pero el julepe
me despertó como un baldazo de agua helada. Llevaba una daga discreta en el pantalón,
media escondida en las verijas; es finita y corta pa´que no sepan que la tengo
siempre dispuesta. No me gusta presumir con cuchillos gigantes como hacen esos
piones cuando lo muestrean en el cinto, pavoneándose.
Me le puse a tiro y, sin más
palabras, me planté pa´ la pelea. Me llenó de puntazos fallidos, que solo me
dejaron algunas priendas recortadas. Cuando menos se lo imaginó, saqué mi daga
y le hice una costura de sangre desde el pecho hasta el bajo vientre. Lo dejé boqueando,
tirado ahí en el barro y, sin mirar atrás, salí disparado con mi bagual hacia
la negrura de la noche.
Desde esa riña maldita, ando yendo
pa´todos lados sin pegar pie con bola. No por vagar sin rumbo se está siempre perdido.
Sé que tengo que empezar mi vida de nuevo. Abandoné la tropilla, las juntas, la
querencia.
Lo pior de todo me pasó hace dos
noches cuando vi a Don Gregorio Suarez persiguiéndome a la salida de Las Cartas.
No me alcanzó porque salté el barranco justo a tiempo. De ahí que no para de
buscarme.
Quiero creer que safó de las
cuchilladas y no que es su alma la que se está vengando. ¿Pero eso quién lo
sabe? No voy a dejar que me atrape pa´ confirmarlo, aunque hoy estoy con
flojera, tengo la sensación de que me alcanzará antes del amanecer.
Es por esto que ya naides me ve en
los pagos conocidos ni en los otros. Yo sigo galopando y galopando hasta que no
haya más caminos.

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