Y ahí estamos, trenzamos nuestro
sendero con la maraña de caminos de otros, algunos en armonía, otros en
contundentes rechazos. Caminos cálidos y bienvenidos, caminos oscuros y espinosos,
todos tejen el tapiz singular de nuestra existencia.
Cuando reflexionamos sobre las
conexiones con esos otros caminos nos damos cuenta de cuánto nos han influido.
Nos han hecho retroceder o avanzar a pasos agigantados, volver sobre nosotros
mismos, incluso nos han hecho perder nuestro norte; o encontrarlo, quizás.
Hay encuentros fortuitos, como
destellos fugaces de uniones y desencuentros, y también hay amistades que duran
toda la vida. Son esos caminos que siempre correrán paralelos al nuestro, para atravesarnos
una y otra vez, a lo largo de nuestra historia.
Pero el camino que me resulta
enigmático y complejo es el camino de los hijos.
Ellos no nos eligen, los traemos a
este mundo sin pedirles permiso. Ellos comparten nuestra senda con
desinteresada devoción, nos siguen, nos aman, nos imitan, hacen lo que sea necesario
para agradarnos. Adoptan nuestro idioma, nuestras costumbres, nuestra manera de
encarar la vida. No hay modo sencillo de descifrar este enigma.
Nuestra misión es crucial, sin
importar si nos sentimos preparados o no, estamos destinados a guiar y a
acompañar. Un lazo extremadamente especial nos une, más profundo que cualquier
atadura que podamos concebir, conectados desde los rincones más recónditos del
ser.
No solo influenciamos en su
desarrollo, si no que ellos nos afectan a nosotros. Nos cambian. Nos afloran
temores y preocupaciones por su bienestar. Nos desafían a convertirnos en
nuestra mejor versión.
El camino se vuelve más arduo y exigente,
pero también más enriquecedor. Ya no estamos solos, llevamos una
responsabilidad enorme, un cargo imposible de renunciar.
Nuestro camino está plagado de
infinitos momentos compartidos, de juegos infantiles, de conversaciones que
tocan el alma, de llantos y caprichos. Se colorea y brilla con cada sonrisa que
nos cambia el humor, y se oscurece momentáneamente con cada enojo que nos provocan.
Nuestro camino avanza y los vemos
crecer, dudar, soñar, mirarse en el espejo, cambiar sus vestimentas, sus
peinados, sus palabras. Nos enorgullecemos de cada detalle que nos agrada de
ellos.
Nuestro camino es maravilloso. Lo
volveríamos a elegir una y otra vez si fuera posible. Conocemos el poder que
encierra. Sabemos que trasciende el tiempo y el espacio. Un amor que no
entiende de fronteras.
Y entonces, un día, su camino se bifurca,
se abre al encuentro de su propio derrotero, para construir su vida. Un día, finalmente,
dejan de necesitarnos…
Entre miradas cruzadas y
sentimientos encontrados, estaremos en la encrucijada del destino. Nuestro
camino, antes entrelazado, tomará rumbos separados como dos ríos que abandonan
su cauce principal. Aunque la razón entiende lo inevitable de este momento, un
caleidoscopio de emociones estallará en nuestro interior. todos los recuerdos
vividos se agolparán en un torbellino de sensaciones.
Nuestro camino terminará, pero será
en esa distancia donde se atestiguará la verdadera magnitud del amor
incondicional que nos une.
En la plenitud de la travesía,
sabremos que su felicidad y crecimiento será nuestro legado más preciado.

Me gusto mucho este. Amigo Farexis
ResponderBorrarMuchísimas gracias!!!
BorrarSiempre quedo fascinado con tus relatos Darío.
ResponderBorrarNo será para tanto! jaja
Borrar