Reflexiones... opus 31 Nuestro camino

            Nacemos solos y nos marchamos solos, como viajeros incansables en una ruta personal y solitaria.

            Y ahí estamos, trenzamos nuestro sendero con la maraña de caminos de otros, algunos en armonía, otros en contundentes rechazos. Caminos cálidos y bienvenidos, caminos oscuros y espinosos, todos tejen el tapiz singular de nuestra existencia.

            Cuando reflexionamos sobre las conexiones con esos otros caminos nos damos cuenta de cuánto nos han influido. Nos han hecho retroceder o avanzar a pasos agigantados, volver sobre nosotros mismos, incluso nos han hecho perder nuestro norte; o encontrarlo, quizás.

            Hay encuentros fortuitos, como destellos fugaces de uniones y desencuentros, y también hay amistades que duran toda la vida. Son esos caminos que siempre correrán paralelos al nuestro, para atravesarnos una y otra vez, a lo largo de nuestra historia.

            Pero el camino que me resulta enigmático y complejo es el camino de los hijos.

            Ellos no nos eligen, los traemos a este mundo sin pedirles permiso. Ellos comparten nuestra senda con desinteresada devoción, nos siguen, nos aman, nos imitan, hacen lo que sea necesario para agradarnos. Adoptan nuestro idioma, nuestras costumbres, nuestra manera de encarar la vida. No hay modo sencillo de descifrar este enigma.

            Nuestra misión es crucial, sin importar si nos sentimos preparados o no, estamos destinados a guiar y a acompañar. Un lazo extremadamente especial nos une, más profundo que cualquier atadura que podamos concebir, conectados desde los rincones más recónditos del ser.

            No solo influenciamos en su desarrollo, si no que ellos nos afectan a nosotros. Nos cambian. Nos afloran temores y preocupaciones por su bienestar. Nos desafían a convertirnos en nuestra mejor versión.

            El camino se vuelve más arduo y exigente, pero también más enriquecedor. Ya no estamos solos, llevamos una responsabilidad enorme, un cargo imposible de renunciar.

            Nuestro camino está plagado de infinitos momentos compartidos, de juegos infantiles, de conversaciones que tocan el alma, de llantos y caprichos. Se colorea y brilla con cada sonrisa que nos cambia el humor, y se oscurece momentáneamente con cada enojo que nos provocan.

            Nuestro camino avanza y los vemos crecer, dudar, soñar, mirarse en el espejo, cambiar sus vestimentas, sus peinados, sus palabras. Nos enorgullecemos de cada detalle que nos agrada de ellos.

            Nuestro camino es maravilloso. Lo volveríamos a elegir una y otra vez si fuera posible. Conocemos el poder que encierra. Sabemos que trasciende el tiempo y el espacio. Un amor que no entiende de fronteras.

            Y entonces, un día, su camino se bifurca, se abre al encuentro de su propio derrotero, para construir su vida. Un día, finalmente, dejan de necesitarnos…

 

            Entre miradas cruzadas y sentimientos encontrados, estaremos en la encrucijada del destino. Nuestro camino, antes entrelazado, tomará rumbos separados como dos ríos que abandonan su cauce principal. Aunque la razón entiende lo inevitable de este momento, un caleidoscopio de emociones estallará en nuestro interior. todos los recuerdos vividos se agolparán en un torbellino de sensaciones.

            Nuestro camino terminará, pero será en esa distancia donde se atestiguará la verdadera magnitud del amor incondicional que nos une.

            En la plenitud de la travesía, sabremos que su felicidad y crecimiento será nuestro legado más preciado.

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