LO QUE HIZO JOAQUIN ROSSI DURANTE LOS 35 SEGUNDOS QUE DURÓ LA CUENTA REGRESIVA DE LA BOMBA DE EXPLOSIVOS C-4 QUE ENCONTRÓ EN EL PLACARD DE SU HABITACIÓN LA NOCHE EN QUE SE QUEDÓ SOLO EN SU CASA

 

LO QUE HIZO JOAQUIN ROSSI DURANTE LOS 35 SEGUNDOS QUE DURÓ LA CUENTA REGRESIVA DE LA BOMBA DE EXPLOSIVOS C-4 QUE ENCONTRÓ EN EL PLACARD DE SU HABITACIÓN LA NOCHE EN QUE SE QUEDÓ SOLO EN SU CASA

            Cuando Joaquín abrió su placard y corrió las perchas hacia la izquierda para colgar su campera fue cuando vio la bomba y los números en cuenta regresiva. Números grandes y rojos marcaban el número 00:35 y descendían a gran velocidad. Allí perdió cinco preciosos segundos por quedarse congelado, atónito, la boca abierta por completo, los ojos desorbitados, el cuerpo tenso y duro como una estatua de mármol.

            Se dio vuelta en un arranque torpe y tomó el picaporte de la puerta, parecía dispuesto a salir corriendo —claramente es lo que haría cualquier persona en sus cabales—, pero por algún motivo se frenó en un santiamén, se dio vuelta y volvió a mirar el reloj: 00:30. Habría que debatir si fue un impulso absurdo, tonto, inconcebible o si realmente pudo evaluar en décimas de segundo que su escape no tenía sentido. Debía correr al living, sacar la cajita del cuarto cajón del modular donde guardaba la llave de la casa. La puerta principal tenía dos cerraduras y un pasador, sin contar que costaba abrirla siempre en invierno pues se hinchaba en los días lluviosos. Luego, debía correr por el parque hacia la tranquera. Tenía colocada una cadena larga y pesada que daba tres vueltas y el candado con un código que nunca recordaba —debía buscar el número en su celular—. Ni hablar de que era imposible trepar el paredón liso y blanco que rodeaba la casa para saltar desde más de tres metros de altura. Tal vez, evaluó que el tiempo no le alcanzaría para salir a la calle y salvar su pellejo. Y estuvo en lo correcto, el tiempo no hubiera alcanzado.

            Pero si lo pensó o no da lo mismo. Lo cierto es que se giró y puso manos a la obra como si fuera un experto en explosivos. Quizás supiera algo sobre ello o quizás solo vio demasiadas películas. Tomó la bomba con ambas manos, suave pero firme, aunque se podía notar un leve temblequeo. La apoyó sobre su escritorio mientras miraba aún con ojos extremadamente abiertos el número 00:25.

            Se acercó al artefacto girando levemente la cabeza, casi pegó la oreja al aparato y volvió a alejarse. Esbozó una leve sonrisa, ¿o era una mueca? Parecía confirmar que ya había escuchado el pitido débil que emitía el sistema del detonador. ¿Se habrá arrepentido en ese momento de no haber buscado antes el origen de ese sonido que evidentemente conocía? Tal vez hubiera tenido más tiempo para buscar otra solución. Joaquín había llegado hacía veinte minutos. Apenas entró en su casa, pasó por la habitación y tiró la campera sobre la cama. Allí había percibido un sonido porque movió la cabeza de un lado a otro como buscando algo que no podía ver.  Sin embargo, la llamada de la Naturaleza fue más fuerte que su curiosidad y se dirigió a gran velocidad al baño. Desde allí surgían sonidos bruscos, consecuencia de mezclar harinas, frutas y alcohol en exceso. Podía olerse también lo desagradable que puede llegar a ser el sistema excretor porque dejó la puerta entornada, sin cerrarla por completo. Claro que eso es algo que se puede hacer cuando uno está solo en su hogar.

            En un movimiento veloz y exacto sacó la tapa del detonador y vio la maraña de cables que iban desde los explosivos hacia la caja principal. Tironeó suavemente del cable rojo. Se quedó inmóvil un segundo mientras el contador perpetuaba su pitido insistente. Marcaba 00:20. Soltó el cable rojo como si se hubiera quemado, ¿o habrá recordado que su padre siempre le decía que el rojo en la Naturaleza era señal de peligro? Cualquier animal que tuviera colores rojos en su piel podía ser ponzoñoso. En realidad, quizás jamás verificó si esto era cierto o mito. Las enseñanzas que otorgan los padres cuando uno es pequeño quedan grabadas en el alma como verdades absolutas. En la juventud, uno suele rebelarse contra ellas para luego, en la madurez, retomarlas con ternura y admiración.

            Abrió el cajón de su escritorio. Sacó una pinza de fuerza. ¿Quién guarda una pinza en un cajón en vez de hacerlo en una caja de herramientas? No era exactamente una pinza para cables, era grande e incómoda, pero era la única herramienta que tenía.

            El reloj marcó 00:15. Se podía percibir la tensión muscular de Joaquín, los dientes apretados, la transpiración excesiva. Mordió, con la pinza, el cable verde. Lo soltó.

            Tiró el cuerpo hacia atrás. Dejó la pinza. Se tomó la cabeza con ambas manos. Se tiró del pelo con fuerza hacia arriba con un pequeño «aaarrrggg», no se podría afirmar si de impotencia o de miedo extremo. El contador marcó 00:10.

            La silla con rueditas se había alejado medio metro del escritorio. Se impulsó con las piernas y regresó a la tarea. Se secó las manos en el pantalón. Tomó la pinza nuevamente. Acomodó su cuerpo, recto. Estiró los hombros hacia atrás. Luego se quedó mirando fijamente el cablerío. Seguramente estaba decidiendo qué cable cortar. Uno de ellos tendría que detener esta locura, por lo menos en el cine siempre es así.

            El reloj marcó 00:05. Joaquín se rascó la cabeza con fuerza.

            Metió la pinza en el cable azul y cortó. El marcador en 00:01. Fue un corte seco, brusco, preciso. Se mordió el labio. Sangró. Apenas cortó el cable, marcó 00:00. Se oyó un chasquido, diferente a los pitidos que se escuchaban anteriormente y un silencio sepulcral.

            Joaquín pasó del estupor a la alegría total. Se levantó en un solo movimiento con el puño en alto. Gritó: seeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee. Adelantó su pelvis en claro gesto de victoria. Vio por la ventana una bandada de cachañas en vuelo frenético hacia el sur.

            Entonces, explotó.


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