REFLEJOS DEL TIEMPO

              REFLEJOS DEL TIEMPO

            La ducha estaba demasiado caliente, no haría más que acrecentar la fiebre, pero no soportaba más mi olor, transpiré toda la noche.

            Agacharme para recoger el jabón se convirtió en una epopeya, mi cintura se negaba a doblegarse. Un latigazo de dolor surcó mi espalda. «¿Tan enfermo estoy?». Cuando por fin lo alcancé mis manos mostraron arrugas insólitas, y mis pies… «¡Pucha, esos pies se asemejan a los de un anciano!». Uñas amarillentas, dedos regordetes, piel rugosa…

            El agua, antes mi refugio, se transformó en una tormenta líquida que arremetía contra mí, como si quisiera llevarme con ella. Demasiada presión sobre mi cabeza.

            Corrí la cortina y noté que me costaba demasiado levantar las piernas para salir, «ahora sí parezco un viejo decrépito, menos mal que nadie me ve en esta situación».

            Tuve que agarrarme de la pared. No aguanté más. Llamé a mi esposa e hijos para que me ayuden. Nadie me respondió. «¿Se fueron todos justo ahora?».

            Mis esfuerzos por salir de la bañera se transformaron en una danza torpe y dolorosa, mis piernas se negaban a obedecerme. Olvidé cerrar la canilla. El agua caía a borbotones y se enredaba con el vapor del baño. Quise abrir la ventanita del costado, no la alcancé. Pasé la toalla sobre el espejo y pegué un grito escalofriante. «¿Quién carajo es el viejo del espejo? ¡Es idéntico a mi abuelo!». La acelerada vejez me acechaba, ¿o acaso siempre me asemejé tanto a él?

            Intenté tranquilizarme, apoyé mis manos en el lavatorio y volví a buscar mi reflejo. «No soy yo, no soy yo». La cara de mi abuelo repetía los gestos y muecas que hacía. «Esta enfermedad me hizo envejecer cuarenta años de golpe». Pero lo más extraño era que no veía mi cara avejentada, era el rostro de mi abuelo. Yo era él.

            Me senté sobre la tapa del inodoro, más que sentarme me caí apenas doblé las rodillas. El trasero acusó el golpe. Me dolió como una patada en el huesito dulce. Desde allí podía verme en el espejo. Cerré los ojos para que desapareciera este delirio. Los abrí y volví a verlo, a verme. ¿Era mi enfermedad o el tiempo que danzaba en mis poros?

            «Esto es cosa de mandinga, me convertí en mi abuelo».

            Me serené y me sumergí en recuerdos. Mi abuelo se fue cuando yo era apenas un niño, no obstante, lo amé con una profundidad inusitada. Estuvo presente a lo largo de toda mi historia. Guardé sus escritos, sus libros de poemas, sus reliquias. Mi abuela y mi madre se encargaron de completar el rompecabezas de su vida. Las enloquecí con mis preguntas.

            «Estoy tan cansado». No puedo moverme, ¡qué vergüenza!, mi familia me encontrará sentado sobre el inodoro, desnudo y con la cara de mi abuelo. No puedo hacer absolutamente nada. La preocupación tocó su punto máximo. Ahora, ya no me importa más. Siento el hartazgo de los años, el anhelo de ceder la lucha, la idea seductora del descanso sin retorno.

            Abrir y cerrar los ojos me brinda reflejos fugitivos en el espejo empañado. Me agrada lo que veo. El agua prosigue su canto como una cascada en la montaña. El sonido me serena. En los recovecos de las profundidades encuentro los recuerdos de mi abuelo, cada capítulo de su vida, las cosas que soñó, que imaginó, sus batallas imposibles.

            Una memoria recurrente emergió: un niño de cuatro años corretea en el césped. «¡Oh! ¡Ese niño soy yo!». Tropezón y golpe fuerte en la rodilla —aún llevo la marca—. Me angustia que llore, sé que es imposible sustraer el dolor de nuestros pequeños, pero daría mi vida por llevarme sus penas conmigo. El niño se alza solo, ríe, grita de felicidad y reanuda su carrera con un hilo de sangre corriendo por su pantorrilla. «¡Ese chico es de fierro!». Pero ese chico, ese chico que soy yo… Es que me cuesta pensar con claridad… Es… Soy...

            «¡Qué niño tan maravilloso! ¡Qué orgulloso estoy de él!». Estoy exhausto, la fatiga es extrema. Prefiero cerrar los ojos y rememorar, volver a sentir, volver a soñar. He labrado una vida extraordinaria, vasta y completa. He sido un hombre feliz. «Lo único que me apena es que no podré ver crecer a ese nieto que tanto idolatro».

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