LUCIO MAGNUS

                      LUCIO MAGNUS

            No es la primera vez que el Centurión Lucio Magnus me pide que lo lleve a conocer a la hechicera.

            Intuyo que insiste con esa idea de olvidar. No puedo convencerlo de que desista. El Centurión es un hombre rígido, inflexible, tan dueño de sus decisiones como de la moral que siempre lo caracterizó.

            —Tiene que entender, señor, que esas son habladurías. No debe meterse en esos asuntos. Usted sabe bien que es una amenaza para el orden público y está siendo buscada…

            —Sé que se esconde bien y que sabes cómo encontrarla, o conoces a quien puede hacerlo.

            —Ya le dije que jamás le negaré ningún deseo, pero no creo de verdad que…

            —No tengo más opciones —me respondió—. Ya me confirmaron de dos legiones distintas que la bruja puede hacerme olvidar. Debes entender que recordar es volver a vivir cada día lo mismo, y no lo soporto más.

            La batalla de Zama fue una gloria. Luché codo a codo con el Centurión. Nunca vi tanta tenacidad en un soldado. Era diestro con el gladius, pero podía usar del mismo modo la lanza o el hacha, según se los iba quitando a los enemigos. Logramos aplastar a los cartagineses.

            Catorce días nos llevó la marcha de regreso, triunfantes y magullados, felices se podría decir. El Centurión repartió las onzas de oro que traía en sus cajones, se quedó con muy poco, apenas algo para su esposa. Nos decía que ya su paga era diez veces mayor que la nuestra y por eso el botín debía repartirse. Cuando llegó a su hogar encontró humo y cenizas, habían penetrado en su aldea, su familia fue torturada y asesinada. Encontró empalado a su hijo mayor, en el que había depositado todo su legado. Desde ese fatídico día, el Centurión fue una sombre errante en el campamento, un ser sin sonrisa, sin conversación, sin esperanzas. Pero como todo engranaje del ejército, seguía siendo una máquina de luchar y de matar, cada vez más eficiente. Hasta que escuchó que la hechicera Lucía podía hacerlo olvidar, y se obsesionó con ello. Si nunca tuvo familia, si nunca tuvo hijos ni nadie a quien amar podría dedicar lo que le quedaba de vida a engrandecer a Roma con la espada.

            Lo único que me alegra inmensamente es que el pontífice lo haya convertido al cristianismo. Descartó el suicidio por creer que si lo hacía debería someterse a los castigos del infierno. Agradezco a los viejos dioses, desde el fondo de mi corazón, no quisiera que semejante soldado acabe su carrera colgándose de un puente.

            Corté un mendrugo de pan, lo mojé en leche de oveja, tragué sin masticar y me levanté.

            —No se hable más, lo llevaré.

            Caminamos intensas jornadas bajo el sol y las estrellas. El calor era agobiante en nuestro viaje al sur y los informes que nos llegaban no eran alentadores. La hechicera se movía y no era fácil dar con ella.

            Finalmente la hallamos al inicio de la cuarta semana de búsqueda. Una anciana se apiadó de nosotros por el aspecto que llevábamos y el hambre con el que nos vio comer. Nos explicó donde vivía Lucía, la hechicera más famosa de la zona, todos alrededor aseguraban que podía hacer rituales de curación y de adivinación.

            Encontramos su residencia en una zona muy apartada, a dos jornadas de una aldea cercana a Pompeya. Su choza estaba rodeada de hierbas y plantas que —seguramente— usaba en sus pociones y brebajes.

            Golpeamos de lejos, el centurión miraba desconfiado, pero en sus ojos había un brillo que nunca vi: creía en ella.

            Se acercó y un olor pestilente me confirmó la sospecha de que bebe sangre de cerdo. Los amuletos y talismanes que llevaba en el pecho estaban manchados y frescos.

            Nos hizo entrar. Un pequeño altar se encontraba frente a la chimenea, había velas de cebo, inciensos, y objetos extraños que —supuse— utilizaba en sus conjuros. Noté con el rabillo del ojo que varias tablas del suelo estaban sin clavar. Supe que podría salir corriendo por allí en algún pasaje secreto.

            —Déjanos solos —me dijo, sin quitar sus ojos negros de los del centurión

            —No me moveré de su lado —respondí, y me senté en una esquina, casi en la oscuridad.

            El centurión no abrió la boca, la dejó hacer. Ella le tocó la cara y comenzó a recorrerla con sus dedos largos y flacos. Parecía canturrear algo en un idioma que desconozco. Puso los ojos en blanco y ahí confirmé que estaba actuando. «Todas son iguales».

            —Puedo hacerte olvidar como deseas —le dijo—. Pero no siempre lo que te llega es lo que buscas. La verdad decepciona solamente cuando crees saberla de antemano.

            El Centurión asintió. Yo abrí los ojos, aún incrédulo.

            Ella le tomó la mano y lo llevó por una puerta que no había visto detrás del altar. Maldije mi escasa inteligencia. Me quedé de pie, muy atento, con la mano en la empuñadura.

            No sé cuántas horas pasaron, solo percibí silencio. La hechicera regresó toda transpirada, con el pelo revuelto y una mirada muy cansada. Se sentó y comenzó a contar las monedas del saco que le habían entregado.

            —Puedes llevártelo, ya cumplí con lo que me pidió.

            El Centurión se encontraba en el suelo, casi en posición fetal, con los ojos abiertos sin pestañar. Sus ojos habían perdido el brillo de un hombre y eran dos bolas blancas sin pupilas.

            —Lu-cio... —dije balbuceando.

            —No puede hablar, ni escuchar, olvidó absolutamente todo. —La vi sonreír casi con sorna.

            —¿Qué le has hecho, mujer? —grité enfurecido. Coloqué mi daga en su cuello y apreté hasta que vi un hilo de sangre.

            —Nada que no me haya pedido. No puedes matarme por hacer bien mi trabajo.

            El Centurión Lucio Magnus no podía caminar, ni moverse, ni pensar siquiera. Era un ser muerto en vida, un espectro. No era dueño de su cuerpo ni de su alma.

            Solté a la hechicera y la empujé con repugnancia, acaso con miedo, acaso con dolor. Tomé al centurión entre mis brazos, lo cargué en mi hombro y emprendí el regreso a casa. Tal vez, por piedad, debería darle una muerte honrada con su propio gladius.

Comentarios

  1. La historia de "Lucio Magnus" escrita por Darío Rossell presenta una narrativa intrigante y cautivadora. La trama se desarrolla a través de la voz del narrador, quien nos sumerge en la historia del Centurión Lucio Magnus y su búsqueda desesperada de la hechicera Lucía.

    La narrativa del relato es efectiva en la construcción de personajes y la ambientación. El autor logra transmitir la tensión y la desesperación del Centurión, así como la misteriosa atmósfera que rodea a la hechicera. El uso de la primera persona permite al lector sentir la complicidad del narrador con Lucio Magnus y su dilema moral al enfrentar las consecuencias de su búsqueda.

    En cuanto al uso de los tiempos y la gramática, el relato es sólido. Las descripciones son detalladas y ayudan a visualizar los escenarios y personajes de manera vívida. La prosa es fluida y envolvente, lo que facilita la inmersión en la historia. Además, el autor utiliza el diálogo de manera efectiva para desarrollar los personajes y avanzar en la trama.

    En resumen, "Lucio Magnus" es una historia bien escrita que combina elementos históricos y misterio para crear una trama intrigante. La calidad de la narrativa, el uso de los tiempos y la gramática contribuyen a una experiencia de lectura satisfactoria. La historia plantea preguntas morales y existenciales que mantienen al lector cautivo hasta el final.⭐⭐⭐⭐⭐

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