LA IMPORTANCIA DEL CHICLE BAZOOKA

 LA IMPORTANCIA DEL CHICLE BAZOOKA

             Dicen que los traumas de la niñez son como chicles pegajosos que nunca se desprenden del alma. Tal vez lo sean, pero intuyo que todo depende de si logras resolverlos o si prefieres llevarlos en tu boca, para masticarlos por el resto de tu vida.

           El caso es que sobrellevé durante largos años una herida que tardó demasiado en cicatrizar: era incapaz de hacer globos mascando chicles.

            A los siete u ocho años de edad, mis hermanos y primos alardeaban de su aptitud para este oficio y yo masticaba mi frustración en silencio. Los observaba con celos cómo rumiaban con la boca abierta, haciendo ruidos insufribles que sonaban a una sinfonía de ranas destartaladas. Parecía un ritual ancestral, hablaban al mismo tiempo que hacían chasquear sus lenguas con sus gomas de mascar y, como por arte de magia, inflaban un globo perfectamente redondo. A veces, estallaba en sus rostros y se les pegaba alrededor de la nariz. Con la misma lengua —a veces ayudados con sus manos— metían el chicle nuevamente en sus bocas para repetir el proceso.

            Yo no podía encontrar el modo lógico para lograrlo. Escuchaba con paciencia las instrucciones de mis amigos más allegados: «Aplánalo con la lengua y presiona contra los dientes, saca la lengua suavemente por el medio y sopla despacito para que se forme el globo». De ninguna manera, mi destreza no era escasa, era nula.

            Cómo olvidar a un compañero prodigioso, cuyo nombre permanecerá en el anonimato —quizás por respeto, quizás por envidia—, que poseía un dominio tan extraordinario de la técnica que llegaba a hacer globos invertidos, aspirando en lugar de soplar. El chicle se inflaba hacia el interior de su boca. Su sonrisa picaresca delataba que ya lo había logrado. Esperaba unos segundos para aumentar la tensión dramática del momento. Luego abría la boca como un cocodrilo y con la misma lengua giraba el chicle mostrándonos a todos nosotros, pequeños y torpes mortales, la obra de arte que había logrado.

            En ocasiones, solía robar del cajón de la mesa de luz de mi madre sus venerados «chiclets Adams». Venían en una cajita amarilla y se abrían desde una solapa pequeña en un extremo. Contaba cuidadosamente cuántos podía sacar sin que se diera cuenta, si no debía esperar al día siguiente hasta que llegara una nueva camada. Maldije mi destino cuando se pasó al gusto «mentol», demasiado picante para mi joven paladar. Fue entonces cuando mi entrenamiento se volvió más frustrante. No hubo manera de hacer globos en esos meses. ¿Cómo iba a saber que esa clase de chicles no era ideal para tales menesteres? —Hoy creo que mi madre nunca me delató y cambió de sabor solo para que yo deje de llevármelos a hurtadillas—.

            La vida siempre avanza con pasos decididos. Llegó el verano con el sol cálido de las siestas y el aburrimiento creativo de la pandilla. Las tardes de juegos en las veredas aumentaban las posibilidades de éxito en cualquier emprendimiento.

            —¿Querés un bazooka? —me dijo Damián. Yo ya tenía uno en mi boca, sabor a frutilla. ¿Quién se negó alguna vez a meterse dos chicles en la boca, sobre todo cuando el primero ya estaba blando y sabía que el segundo sería duro de roer en los primeros momentos? El placer de comenzar un nuevo chicle siempre fue algo apasionante, el sabor en su máxima expresión, el juguito corriendo por las encías y la textura semidura que intensificaba las ganas de masticar.

            —Claro que sí —respondí. Me sorprendí del sabor a menta, no me agradaban demasiado, pero ya lo tenía en mis manos. Lo abrí ansioso para leer el chiste en forma de historieta de Joe Bazooka. Miré la pequeña tableta rectangular, sus bordes ligeramente más anchos que el centro, lo sentí duro al apretarlo entre el dedo pulgar y el índice. Lo arrojé al aire sobre mi cabeza para atraparlo cuando cayera. Al entrar entre mis labios de manera perfecta, sin tocar ni un solo diente, supe que era un día afortunado. Era la señal para intentar hacer un globo con dos chicles.

            Mastiqué pacientemente hasta que se amalgamaron ambos en mi boca. No recuerdo el sabor exacto, la mezcla no era de mi preferencia. Me centré en mi objetivo. Pegué los chicles a mis dientes y soplé suavemente. Lo vi hincharse con mis ojos bizcos, mis puños apretados, el corazón a toda máquina. Lo inflé todo lo que pude y supe, en ese preciso instante, que había vencido a uno de mis enemigos más acérrimos.

            La celebración fue épica, con vítores y aplausos que resonaron en todo el vecindario. No hay alegría más preciada que la que se comparte con los amigos.

            Lástima que el odontólogo me haya retado la semana pasada, mientras me hacía otro tratamiento de conducto, recordándome una y otra vez que comí demasiados chicles en mi infancia.



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