LOS SENDEROS DE SIEMPRE

       LOS SENDEROS DE SIEMPRE

 

Es la hora, lo sabes,

 otra vez a internarse en el bosque,

el coihue, el ciprés, el radal, la lenga y el arrayán.

En la altura, el viento susurra secretos que caen en copos,

el sendero serpentea hacia el oeste, la luz entrecortada por las ramas,

las flores embellecen el camino, mis periplos en las fronteras de lo etéreo.

Ese joven que camina, rápido y decidido, debo ser yo, con una mochila enorme.

Los árboles, columnas de los recuerdos, se alzan majestuosos, ancianos del tiempo,

en cada recodo cambia el aroma, un hechizo distinto que flota en el ambiente,

¡qué enormes son los sitios cuando uno es niño! ¡qué lejos los veía!

Los picos de los cerros tocan el cielo con sus dedos de granito,

enredo mi espíritu trepando por ellos como siempre,

arriesgo desafiando las caídas

serenando la mente

respirando

buscando

soñando

tratando

de saber

dónde y

cuándo

será el momento de volver a las estrellas.

Los años pesan en la espalda, los años se sienten cada vez más,

y uno es feliz, simplemente es feliz por recorrer —de nuevo— los senderos de siempre.

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