LA HISTÓRICA ESQUINA
La histórica esquina hoy luce
desolada. Los años han transcurrido. Los inviernos me siguen pasando.
Una puerta cerrada, demasiado
cerrada. Alguna vez estuvo abierta, pero ya no posee ambas funciones.
Nadie camina, ningún transeúnte. El
hielo intimida, el viento penetrante aleja a las personas. Sigo parapetado en
las arcadas del centro, bajo construcciones antiguas. El peso del tiempo se
siente en el frío de los huesos. Los turistas ven una ciudad encantada por la
nieve, una ciudad de cuento. La esquina se yergue como un poema congelado.
Las calles se estrechan en un
abrazo de silencio. El blanco de la nieve se funde con lo grisáceo de la tarde
de invierno.
La histórica esquina olvidó el
bullicio urbano.
Su arquitectura se alza majestuosa,
su fachada de madera y piedra cubierta de un manto blanco, un monumento a la
paciencia invernal.
Las farolas, antiguas guardianas de
la noche, parpadean con luz temblorosa como luciérnagas atrapadas, arrojan
destellos dorados sobre la nieve.
Un sendero de huellas pequeñas me
lleva con él. Gira la esquina y se aleja. Se adentra, bajo la neblina, hacia
aventuras en tierras de sueños helados.
Una ráfaga de viento atraviesa la
calle de oeste a este. Susurra secretos ancestrales. Aromas lejanos de canela y
vainilla se mezclan con el humo de alguna chimenea.
Envuelvo mi cuello con una vuelta
más de la bufanda, mi chaqueta no alcanza como armadura contra la dureza del
clima y de los recuerdos.
Un banco de hierro forjado se convierte
en un refugio solitario, una isla de contemplación. La nieve se posa con gracia
sobre el respaldo y el asiento, hacen que el frío penetre las ropas y la piel.
La histórica esquina se mantiene
suspendida en su sitio, como si el tiempo y el espacio no contaran para ella.
La quietud y la serenidad la atrapan en un instante casi eterno.
Un cerezo alza sus ramas desnudas
hacia el cielo, en un gesto de resistencia, sin sucumbir jamás. Caen copos de
nieve, danzan suavemente en giros y contragiros. Se quedan en la vereda para
transformarla en un escenario mágico. Son hojas de un cuento de hadas caídas
del cielo. La poesía se materializa en cada uno de ellos.
El aire fresco y nítido acaricia mis
mejillas, las vuelve rojizas en el instante.
El tiempo se detiene. El corazón se
acuna en la nostalgia. Las memorias se amontonan mirando a través de los
cristales, parecen regresar. Personas reunidas alrededor de mesas de madera
desgastadas, hachueladas a mano. El fuego crepitando en el centro, apenas
calentando. Las miradas que se pierden en sus llamas y quedan atrapadas para
siempre. Sus risas y conversaciones crean un contrapunto cálido a la frialdad
del mundo exterior.
Pero ya no es así la histórica
esquina. El bar está cerrado hace demasiados años. Nadie sueña su retorno.
Las sombras alargadas de los
árboles de enfrente cruzan la calle. Se proyectan en las paredes del edificio
como espectros de estaciones pasadas.
Ahora los tejados se cubren de
gorros de nieve, sombreros elegantes en una fiesta gélida.
Nadie pasea, ningún habitante se
lanza a las calles. Más silencio.
Mi retina fotografía una vez más el
momento y emprendo el regreso a casa.
Me llevaré la histórica esquina
guardada en un rincón de mí.

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