Así fue siempre, para todos, y así
lo seguirá siendo. Desde tiempos inmemoriales, hemos estado solos dentro de una
multitud anónima, en la vastedad de la noche, en el silencio de las palabras no
dichas, en el desafío constante de nuestras mentes a las leyes del espacio y
del tiempo.
La soledad es un espejo roto en el
que cada fragmento muestra una faceta diferente de quiénes somos.
La quimera de la compañía, la
ilusión de un «nosotros», se desvanecerá.
Todos hemos danzado con la soledad
alguna vez. He visto un vals de suspiros en el café solitario, en la galletita
untada, en el mate cotidiano de la mañana. Sin embargo, la soledad, siempre
esquiva, nunca se atreve a envolvernos en exceso.
La soledad es una calle sin nombre,
una cárcel sin muros, una inmensa llanura sin fronteras. Los pasos se tornan
ecos del pasado, y cada esquina esconde una dualidad inquietante donde se
cruzan la realidad y la fantasía. Apenas un juego macabro que la vida nos
impone.
En los remansos de quietud,
encontramos la belleza de nuestra esencia, el tesoro de nuestros pensamientos,
el poder de la introspección. Así, la soledad se convierte en amiga, maestra y
confidente. Nos impulsa a encontrar el sentido en la ausencia de sentido; la
paradoja que nos obliga a encontrar la conexión en el desencuentro.
En la inminencia de mi partida, cuando
enfrente mi destino —como todos— solo me encontraré conmigo mismo, lo afrontaré
como un personaje de un cuento; me recriminaré por no haberme ocupado más de
mí, por no haberme divertido más, por no haberme animado a cometer más errores.
Descubriré el arte de estrechar la
soledad sin miedo ni anhelo. En el abrazo sereno de uno mismo, aprenderé el
maldito secreto de la resignación.
Estamos solos, sí, solos, pero
—quizás— no del todo solos. Un enigma profundo que solo se resolverá en los
susurros del tiempo. En el rincón más oscuro, en el último resquicio de sombra,
tal vez encontremos alguna respuesta.
¿Quiénes somos cuando nadie nos
observa, ni otros ni nosotros mismos?

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