LA RUTINA DE JOSEFA

      LA RUTINA DE JOSEFA

            Josefa recorre la vieja casa con pasos vacilantes. Sus dedos acarician el polvo de los recuerdos en cada rincón. Los crujidos en el suelo resuenan como un eco de tiempo suspendido. Todas las habitaciones están empapadas de antiguos murmullos que resucitan memorias enterradas. Se detiene una vez más en el dormitorio, un santuario de añoranzas, aún le cuesta entrar. Demasiada nostalgia. Sabe que no debería regresar todos los días al sitio donde fue más feliz.

El dormitorio está impregnado de susurros del ayer, parece exhalar suspiros de antiguas pasiones. La cama desecha, la televisión que alguna vez vibró con historias compartidas, la mesa ratona donde tantas tazas de café encontraron su sitio.

Se detiene delante de una fotografía en la mesita de luz. Coteja cada detalle de lo que ve con su foto. Acomoda el almohadón, el acolchado, las cortinas. Todo debe estar en su lugar exacto: la cama, la cómoda, la puerta entornada, las pantuflas en medio del paso…

            Escucha un vidrio que estalla en el salón principal, un piso más abajo. Las risas de los niños que merodean la casa otra vez. Interrumpen su melancolía. Se enfurece. Es hora de atravesar las paredes, de encender y apagar luces, de hacer ruidos de cadenas y gritos espeluznantes. Le encanta verlos huir despavoridos.

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