EL COLOR DE MI INOCENCIA

              EL COLOR DE MI INOCENCIA

Miraba el mundo por la ventana del balcón: transeúntes apresurados que cruzaban la calle por cualquier lado, cables enredados como serpientes de metal, luces parpadeantes como estrellas de un mundo bajo, paredes escritas que revelaban nombres o historias, veredas siempre rotas como hondas cicatrices en el cuerpo de la ciudad.

En las tardes quietas, cuando el murmullo urbano se desvanecía y la abuela se sumergía en el sueño de sus recuerdos, veía al sol retirándose con parsimonia detrás de los edificios. El color de mi inocencia se volvía más nítido que nunca, la luz del atardecer revelaba los tonos ocultos de mi alma pequeña.

Los juegos en la calle se convertían en rituales sagrados, la risa desbordante en un canto ancestral, las malas palabras recién aprendidas en versos profanos; todo lo que escapaba de mis labios se perdía en el eco de las veredas.

De vez en cuando, el color de mi inocencia se ensuciaba en un altercado a pedradas, la discusión con los pibes de otra barra, la mandarina que robé en la verdulería y mi madre me hizo devolver, el gorrión que traje a casa desde el parque y me obligaron a llevar a su sitio. Todas gotas de tinta negra en un cuento de hadas.

No sabía en ese entonces cuál era exactamente el color de mi inocencia, y creía erróneamente que todos poseíamos el mismo. Ahora sé que no todos tenemos la suerte del abrigo de una familia. Los cuadernos para dibujar en la cama de mis padres cuando estaba enfermo, la hora mágica de los dibujitos animados, las galletitas «colegiales» o «manón» sacadas de la lata por kilo, los juegos de cartas en la mesa del comedor, el calor del refugio del hogar en cada duda y en cada necesidad.

A medida que los días se despliegan ante mí, sé que el color de mi inocencia se sigue transformando. Las sombras se alargan, las luces se hacen más complejas. Pero hoy, en este instante suspendido en el tiempo, me aferro a esa tonalidad única que me define.

El color de mi inocencia no es blanco, es una mezcla sutil de matices claros, un reflejo de luz que se filtra a través de los cristales de mi ser. Y aunque un día la realidad me los quiera arrebatar, siempre llevaré esa paleta secreta, guardiana de mis días más puros.

Miro el mundo por la ventana del balcón: horizontes recortados, árboles frondosos conectados entre sí, un gran lago que da vida y belleza a todo alrededor, un bosque que crece y nos ha enseñado cómo. Hoy llueve y se limpia por completo el color de mi inocencia.

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