Ya
no huyo de mi muerte ni ella me persigue, está tranquila esperándome en el
sitio que corresponde. Sé que lo trágico de la vida no es tener que morirse, si
no todas esas cosas que dejamos morir dentro nuestro mientras estamos vivos. Me
atormentan las pasiones abandonadas, los caminos marchitos, los minutos derrochados.
Mi
escasa vida académica —una absurda mezcla de ignorancia y presunción—, los
malditos algoritmos que me han llevado de las narices —y ni hablar de las redes
sociales— han tejido un velo opaco que oscurece mi visión, no quiero que me
desvíen hacia lecturas vacuas y estériles. Soy consciente de que debo
esforzarme mucho más en estas épocas saturadas de información.
Cuando
me encuentro frente a un texto, me voy de viaje con él. Desconozco si está bien
escrito, si cumple todas las normativas, si vale la pena siquiera. Es el viaje
emocional lo que me seduce, la posibilidad de entrar en un universo ajeno, en
otros cuerpos, en otras vidas, y dejarme ir…
A
veces corro a toda prisa tras una historia como quien quiere volver al mismo
sueño en el momento de despertarse, creo entender, hasta intuyo algo que no
puedo racionalizar; pero otras veces, me paso de largo en la esquina de un
poema, incapaz de digerir tanta belleza. ¿Cómo es posible que unas simples
palabras tengan tanto poder?
¿En
qué cuento me perdí? ¿Dónde dejé de ver la senda? ¿Qué canción me hizo
descarrilar?
Soy
un cuentacuentos, un guardián de historias olvidadas que resurgen de entre las
sombras cuando menos lo imaginamos. Colecciono historias oxidadas, y las
renuevo solo cuando la necesidad apremia, dejo que el paso del tiempo les
otorgue una pátina de misterio y nostalgia.
Mi
sistema de memoria es poco fiable, mis recuerdos varían constantemente. Mi
mente es un caos, un juego de espejos deformados que distorsionan la realidad.
Pero yo no quiero escaparme de ella, por el contrario, deseo sumergirme aún más
en sus abismos, explorar cada rincón oscuro en busca de la verdad oculta.
Así me encuentro en esta marcha, navegando por las aguas turbulentas de los relatos, buscando respuestas en un mundo que parece empeñado en ocultarlas. Porque al final del día, todos somos lo mismo: repetidos narradores de nuestras propias historias, tejedores de sueños en un planeta desconcertante, aferrados exclusivamente al viaje emocional de una narración cualquiera.

Narradores. Eso queremos ser Dari. Volver reencarnado en cuentos
ResponderBorraro quedarse siempre allí... ja
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