EL COLOR DE MIS MENTIRAS
En el lienzo de la vida, cada
palabra es un trazo, y cada mentira, un pigmento que la tiñe. ¿Qué tonalidades
adquieren mis engaños? ¿Acaso un vibrante carmesí, o tal vez un sutil gris que
se confunde en la noche? El color de mis mentiras es un color opaco, donde se
entrelazan la culpa y el deseo, la vergüenza y la necesidad.
¿Cuál es la esencia de una mentira?
¿Es acaso una huella digital de nuestra fragilidad humana o un velo que oculta
verdades incómodas? A veces, son solo un reflejo distorsionado de nuestras
emociones más profundas.
Entre hilos de verdad y sutiles
tejidos de picardía, se entrelazan las sombras de mis mentiras. Sé que son
pequeñas, casi nulas podría decir. Sé que toda mi vida las odié, las propias y
las ajenas, y detesté aquellas llamadas «mentiras piadosas», que al descubrirse
duelen más que el dolor que pretendían evitar.
¿Qué tonalidad adquieren mis artimañas
cuando la luz de la sinceridad las ilumina? ¿Acaso son oscuras y monocromáticas,
como la neblina de una tarde de invierno, o adquieren la paleta caleidoscópica
de la confusión?
Las mentiras despintan el panorama
de cualquier existencia. A veces, el matiz es apenas perceptible, solo una
mancha tenue. Otras, en cambio, el color es tan vibrante que ciega a quienes lo
contemplan, cada uno con su propia gama de colores, sumiéndose en un torbellino
caótico.
El color de mis mentiras es un
reflejo de mi propia dualidad, un espejo de mis contradicciones más íntimas.
¿Cuántas veces teñí la realidad coloreándola de conveniencia? ¿Cuántas otras
pinté con trazos de ilusión un paisaje desolado?
Hay mentiras blancas, tan inocentes
como la bruma de una mañana de primavera, que se desvanecen casi
instantáneamente. También están las mentiras grises, que se desdibujan en la
penumbra de la conciencia. Pero son las mentiras rojas las que más me
estremecen, arden como brasas en el fuego de la culpa, ocultan las verdaderas
intenciones bajo un manto de aparente benevolencia. ¿Es acaso la falsedad
necesaria para preservar la armonía en un mundo donde la verdad puede ser
devastadora?
El rojo de mis mentiras incendia mi
interior cuando enfrento alguna realidad que me atormenta. ¿Es el dolor de la
mentira menor que la verdad que hiere?
Pero ¿quién soy yo para juzgar el
color de mis propias mentiras? Si cada pincelada es única, cada tono es una
definición de la tremenda complejidad que somos. Tal vez, en la mezcla de luces
y sombras, de errores y aciertos, encuentre finalmente la gama de colores que
define mi verdadera esencia.
El rojo de mis mentiras es el color
de la ira y el remordimiento. Es el color de las promesas rotas y los corazones
lastimados, de las palabras que se desangran en labios temblorosos. Mis
mentiras rojas son como rosas envenenadas, hermosas pero mortales, marchitan
todo a su paso; crecen como maleza entre las flores de la verdad. A veces las
riego con lágrimas, no obstante, espero que se deshojen y desaparezcan y solo
consigo que se aferren más profundo.
Pero una cosa es segura: el color de
mis mentiras es parte de mi humanidad, de mis miedos y mis deseos, de mis dones
y miserias.
Y así, mientras contemplo el lienzo
de mi vida, me pregunto si algún día podremos pintar solamente con los colores
de la verdad, si podremos romper las cadenas y encontrar la paz en la
sinceridad absoluta.
El color de mis mentiras es un
recordatorio de mi capacidad para crear y destruir, para ocultar y revelar. En
cada mentira, hay una lección que aprender, una oportunidad para
transformarnos. Al final del día, quizás el verdadero color de mis mentiras sea
solo un reflejo del rojo oscuro de mi sangre, en búsqueda incesante por
erradicarlas de una vez por todas.

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