EL MONSTRUO DEL ROPERO
Es la segunda vez que logré ver a la
criatura en una sola noche. Primero la escuché moviéndose detrás de la pared. Camina,
emite sonidos, gira hacia todos lados y en algunas ocasiones se queda quieta e
inmutable por largas horas. ¡Qué miedo da! Su figura me aterra. Es
escalofriante. Tiene unos ojos líquidos que miran profundamente, hasta me da
miedo que pueda verme a través de la pared, pero creo que eso es imposible.
Lo peor es que mi madre no me cree.
Dice que las criaturas solo están en nuestra imaginación y que para crecer debo
ignorarlas. Vivir la vida que me toca. Hacer lo mismo que hacen mis padres. Y
con el tiempo uno se olvida de ellas. Pero la abuela dice otra cosa. La última
vez que hablamos ella me dijo que aún las ve, y que a veces se tienta y espía
por el mismo agujero que uso yo.
Mi familia es muy tradicional y vive
aquí desde hace mucho tiempo. Varias generaciones han habitado nuestro hogar.
Es un tanto viejo, lo hemos acondicionado muy bien y quedó amplio y cómodo. Mis
padres son muy trabajadores y todos los días me enseñan todo lo que debo saber.
A mí me gustaría viajar y recorrer el mundo, pero aún soy muy pequeño para eso,
además de que no deberíamos salir demasiado. Entonces me contento con soñar
hasta que crezca y pueda valerme por mí mismo. Aprendo el oficio de la familia,
y me dicen que soy muy talentoso, que llegaré a ser mejor que ellos.
Mi vida cambió hace un tiempo cuando
encontré un boquete en la pared y se me ocurrió mirar. Ahí descubrí la
presencia de la criatura. Ahora sé que hay más mundos para conocer, aunque da
temor.
Anoche sucedió algo especial. Vi que
entraba un haz de luz otra vez por el boquete, así que me asomé. La luz me
quemó un poco el ojo derecho. El otro lado es muy luminoso. Se nota que hasta
el aire es raro en aquel mundo. Y vi una vez más a la criatura, tan nítida que
quedé paralizado. Se me puso la piel de todo el cuerpo tensa y quise gritar,
pero el miedo a que me escuchara era más grande.
Ahogué un grito y fui corriendo a
ver a mi madre.
—¡Mamá! ¡La ví, la ví! Ven a
confirmarlo. Está ahí, detrás de la pared que da al oeste.
—¡Basta, cariño! Ya te expliqué una
y mil veces que las criaturas no existen —me contestó.
—¡Pero la abuela dice que sí! —Yo
estaba al borde del llanto, no tanto por el pánico que tenía, sino por la
impotencia que sentía al notar que no me creía. Los ojos de mi madre eran fríos
y amenazantes.
—Tienes razón —dijo con aire
altanero—. Ella asegura haber visto una cuando era joven como tú.
—Eso tampoco es verdad, mamá. Ella las
sigue viendo ahora. Solo que no dice nada para que ustedes no piensen que está
loca. Siempre andan diciendo que la abuela inventa todo.
—A ver… ¿Cómo es esa criatura? —Mi madre se
paró rígida, con ambas manos en jarra apoyadas en su cintura. Temí que me diera
un coscorrón, pero me animé y le conté todo.
—¡Es espantosa! Tiene un pelo negro
muy largo y liso. Ya lo vi varias veces y lo confirmo. A veces se queda muy
quieta, como muerta. Y otras se sienta frente a un artefacto de cristal sólido y
se duplica.
—¡Ajá! —gritó mi madre— ¿Es decir
que hay dos criaturas?
—¡No, mamá! Es una. Pero se divide
en dos y luego se junta y vuelve a ser una sola. Tiene ojos tremendamente
extraños y no para de moverse, da mucho pero mucho miedo.
—Bueno, hijo mío. Basta de tonteras. No tengo
tiempo para tus fantasías. Le pediré a papá que tape ese agujero que tanto te
atormenta. Aunque debo confesar que lo hemos tapado por años y siempre se
termina abriendo de nuevo…
La niña pequeña entró a su cuarto,
encendió la luz, se sentó en su tocador y comenzó a peinar su largo pelo negro
y lacio frente a un gran espejo. Sonrió y le causó gracia como el reflejo le
devolvía su misma sonrisa radiante.
Le pareció escuchar un ruido casi
imperceptible. Un escalofrío le recorrió toda la piel. Se dio vuelta y logró
ver que por el agujero de la cerradura de su ropero algo o alguien la
observaba… Entonces gritó.

Buenísimo. Volviste al cuento y un estilo que no hacés. Muy bueno me encantó
ResponderBorrarSigo probando, probando...
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