EL AÑO DE LOS RELOJES DERRETIDOS

      EL AÑO DE LOS RELOJES DERRETIDOS

            Si puedo con esto, puedo con todo, me dije al encararlo. Sellamos las ventanas con cinta de embalar y pusimos toallas mojadas en los bordes inferiores de las puertas. Traté de comportarme sin sobresaltos, como si no estuviera asustado.

            —¿Qué hacemos con las gallinas? —me dijo Silvina preocupada.

            —Ahí voy. —Me tapé bien todo el cuerpo y salí a buscarlas. Un olor en el aire, mezcla de huevos podridos y de escape de gas, me revolvía el estómago. La lluvia era tibia y picaba en las manos. ¡Qué cosa extraña! Por suerte solo nos quedaban las dos gallinas negras, Clotilde y Anacleta, así que las entré. Las solté en el living, se pelearon con los perros y la gata por el lugar más cercano a la salamandra; ganaron, abrieron sus alas y se echaron a descansar, muertas de calor.

            Agregué leña al fuego, les conté un cuento a los chicos y los acosté. Luego nos pegamos a las noticias, pero después de abrir un Malbec preferimos escuchar música.

           

            Mi vida se dobló como una hoja de papel arrugada, llena de pliegues imprevistos y manchas borrosas. Las noches se alargaban y los días se estiraban y encogían como una melodía de jazz. Las calles se convirtieron en desiertos, los ecos de nuestros pasos se perdían en el silencio.

            Las escuelas cerradas, los comercios con sus persianas bajas, el tráfico ausente. La ciudad se volvió fantasma. El paisaje transformado en una escena del eternauta. Los rostros siempre cubiertos con máscaras improvisadas y gafas protectoras; nuestras sonrisas, un secreto compartido solo a través de los ojos.

 

            No había dormido casi nada en toda la noche, si bien todos saben de mi insomnio crónico, esta vez tenía motivos más que justificados: ¿Cómo íbamos a hacer? ¿De qué íbamos a vivir? ¿Cómo se sale de una cosa así? Los aeropuertos cerrados, las rutas bloqueadas, ni siquiera entraban los camiones de alimentos. Subían los precios de las cosas básicas de forma exorbitante.

            —Decime de verdad qué precisan que la familia va a ayudar —me dijo mi madre por teléfono.

            —¡Manden fernet! —contesté fingiendo que lloraba, y largué la carcajada.

            Mi madre se enojó:

            —¡Vos siempre el mismo!¡No cambiás más! Minimizás todo, y esta vez…

            —Pará un poco, vos siempre decís que en todo chiste hay un dejo de verdad, ma. Y en mi alacena no hay fernet, ni una gota. Pero quedate tranquila, tengo dos o tres cajas de vinos buenos para pasar el invierno.

            La mañana fue agotadora. Subí al techo a barrer los kilos de arena que habían llovido durante la noche, se pegaban en las chapas como una especie de cemento. Trabajar con tanto frío y la cara tapada era muy molesto. En la radio comentaban que aún no se sabía si era tóxico o no. Tardé horas en terminar y entré en casa agotado. Debía cuidar el agua al máximo, calculé que no alcanzaba para más de diez o quince días. Mi ducha duró segundos, me hubiera quedado horas debajo del agua caliente.

             

            La rutina diaria dibujaba escenas desacostumbradas, todos en casa, todo el tiempo. El escritorio, antes un lugar de trabajo, se transformó en un refugio necesario. Las palabras fluían como ríos subterráneos, emociones que me costaba expresar en un mundo detenido. Escribía como si lanzara cuerdas hacia un futuro incierto, un pobre intento de mantener la cordura.

            El tiempo, siempre tan preciso y rígido, se convirtió en algo líquido, resbaladizo, imposible de contener. ¡Se había hecho de noche a las tres de la tarde! ¿Cuándo terminará esta locura?

            Sin embargo, los mínimos detalles teñían la vida de significado. El aroma del café por la mañana, el pan recién horneado, el canto lejano de un pájaro carpintero, los juegos de mesa con los chicos, la guitarreada frente al fuego, la risa espontánea en una videollamada con amigos. Eran fragmentos de eternidad en un año donde el tiempo se había vuelto difuso. Un año de horizontes borrosos, pero también de recontratos y conexiones hondas.

            Después el mundo volvió a girar en su eje habitual. Hoy llevo conmigo lo aprendido, un recordatorio de que la vida —como los sueños— cambia en un segundo y, aun así, está llena de maravillas.

            Cuando sea abuelo, podré contarles a mis nietos que viví la explosión de un volcán que tapó toda nuestra casa de arena y cenizas, sé que lo contaré con emoción y lujo de detalles. Tal vez no me crean y piensen que estoy chocheando, como hice yo de joven cuando no le creí a mi abuela que había visto nevar en Buenos Aires siendo ella una niña.

Comentarios

  1. Increible y me acuerdo. Hasta me trajiste una botella con esas cenizas. A veces parece que vivimos varias vidas. Y varios lubros

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