¿POR QUÉ ESCRIBO?
¿Por qué escribo? Me lo pregunto a
menudo, como quien se asoma al abismo y busca en el eco una respuesta, y todos
los días encuentro una distinta. Tal vez no soy el mismo de antaño, tal vez la
vida me arrastra por caminos inesperados, obligándome a cambiar de máscara, de
modos de pensar, de sentimientos. Quizás, dentro de mí, habitan muchedumbres,
una multitud de voces que batallan por hacerse oír. Cada encuentro, cada
experiencia, cada roce con la realidad me transforma y me desdibuja. Pero, mi
esencia, ese núcleo indescifrable que me hace ser quien soy, ¿permanece intacta
o también se diluye con el paso del tiempo?
Escribo porque las palabras son el
último refugio contra el caos que se desata dentro de mí y amenaza con devorar
mi identidad, con disolverme en un mar de dudas y contradicciones.
A diario me pregunto, con una
frecuencia que me aterra, ¿por qué sigo poniendo letras en fila, creando
universos de tinta y papel? Las respuestas que encuentro son como espejos
rotos, reflejos fragmentados de una verdad que no llego a comprender.
Escribo porque el mundo se me escapa
entre los dedos, y en el papel encuentro un ancla que me retiene en la orilla
de lo real.
Escribo porque necesito calmar el
fuego que arde en mis entrañas; porque sé que si no me alimento de mis sueños
moriría en vida, convertido en un autómata, en una sombra que deambula sin
propósito hasta que toque la campana.
Escribo porque los días se
desvanecen como suspiros en la bruma, y quiero capturar en cada frase lo
particular de lo vivido. Las letras son mi red para atrapar el tiempo, para
inmortalizar el instante en que una mirada, una caricia, una lágrima, se
convierten en eternidad.
Escribo porque es mi modo de sentir que la
vida no es una maldita sucesión de días sin sentido, una repetición mecánica de
lavarme los dientes, hacer la cama o mirar la tele.
Escribo porque esas voces en mi
interior, ecos de sueños o pesadillas, solo
encuentran descanso cuando los vuelco en un papel. Quiero darle forma a lo que
no tiene forma, para vestir de palabras a los fantasmas que habitan mi mente.
Porque si puedo dedicarle un rato a
sentarme frente al teclado —aunque mis mundos soñados sean frágiles y perecederos—,
si puedo convertirlos en estas torpes palabras, si se me cae una lágrima —aunque
la contenga—, si puedo transformar el dolor en belleza, la tristeza en arte y
la alegría en canciones, si me reconozco y me reinvento en cada texto, si no me
importa lo que piensen al leerlo o que ni siquiera lo lean, entonces, valió la
pena.

Increíble Darío, continúa escribiendo, aunque te lleven las letras más allá de nuestros planos.
ResponderBorrarPor aquí Caelum de Escritura Creativa. Un saludo grande.
Wowww q placer caelum! Un abrazo inmenso
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