El lenguaje es —quizás— la
herramienta más poderosa que tenemos los seres humanos. Su valor reside tanto
en su capacidad para revelar como en su potencial para ocultar. Las palabras,
con su precisión y sus exigencias, nos desnudan y nos arropan a la vez. Nos
mentimos, nos falseamos, encubrimos, disfrazamos.
«Las palabras se las lleva el
viento», me decían de niño, como si no tuvieran importancia, como si no
pesaran. ¿Cómo puede algo tan vital y exclusivo de nuestra humanidad perecer
tan fácilmente? Lo que ocurre no es una desaparición de palabras, sino una
transformación silenciosa, una erosión lenta de significados y de capacidad para relacionarse. ¿Cómo hemos permitido que el tejido mismo de nuestra comunicación se
deshilache de este modo?
Algunos señalan a la tecnología, ese
doble filo que promete conexión mientras nos desconecta de lo esencial. En la
era de los emoticones y los acrónimos, las palabras se disuelven en la
inmediatez, reducidas a simples caracteres en una pantalla. La profundidad se
pierde en cosas que no valen la pena y, con ella, la manera de expresarnos
plenamente.
Pero más allá de los avances
tecnológicos, el lenguaje ha sido víctima de su propio encarcelamiento en
convenciones y normas rígidas. Las palabras, que alguna vez fueron libres,
están aprisionadas en diccionarios y gramáticas, limitadas por las reglas de
una sociedad que teme a lo desconocido, que rechaza la creatividad y la
espontaneidad, aunque las promulgue.
El lenguaje languidece en la
indiferencia, ignorado por muchos que lo necesitan; pero incluso en su aparente
muerte, el lenguaje susurra en las sombras, esperando ser rescatado por los que
aún creen en su poder transformador.
¿No son las palabras el vehículo de
los escritores y poetas? Un arte que trasciende las barreras del tiempo y el
espacio. En cada metáfora y cada símil, el lenguaje cobra vida, teje mundos
nuevos y revela verdades ocultas. Las palabras acarician, estimulan, alegran,
duelen. ¿Acaso no debemos pedir perdón cuando nuestras palabras lastiman?
Tal vez la supuesta muerte del
lenguaje no sea un final, sino el comienzo de una nueva era, donde las palabras
se liberen de las cadenas del pasado y se eleven hacia horizontes desconocidos.
En ese renacimiento, encontramos la esperanza de que el lenguaje resurja de sus
cenizas y nos recuerde que, incluso en la mayor oscuridad, su luz nunca se
apaga por completo.
El destino del lenguaje está en
nuestras manos. Somos los guardianes de su legado, los portadores de su llama.
Depende de nosotros nutrirlo, revitalizarlo y asegurarnos de que nunca muera
del todo. Porque mientras haya alguien que quiera expresarse, mientras haya
otro que busque conexión, el lenguaje seguirá vivo, latiendo en cada suspiro,
en cada verso, en cada pensamiento.

¡qué título! Y muy bueno. Siempre la palabra sobreviviendo.
ResponderBorrarsiempre!
Borrar