CUMBRE VOLCÁN LANÍN

    CUMBRE VOLCÁN LANÍN 3776 m.s.n.m

Partí a las 5 a.m. del refugio. No sentía mucho frío. Me daba algo de miedo eso de ir solo, pero me sentía seguro. Algo dentro mío me daba paz y tranquilidad, era mi decisión; y comenzaba a poner en acción lo que tanto había soñado y que la noche anterior había decidido hacer en solitario. Caminé veinte minutos sobre piedras algo sueltas con mi linterna de cabeza encendida, la había puesto debajo de mi gorro de polar para que el frío no me gaste rápidamente las baterías. Mis compañeros me habían despedido con ojos expectantes. ¿Llegaría a la cumbre? Ellos no lo dudaban. Yo sí. Debía enfrentar a muchos demonios, sobretodo a los del miedo. Pero el día era apacible, calmo, prometedor…

Al llegar al glaciar me puse los crampones muy despacio, tomé unos sorbos de agua. Me pesaba un poco la mochila de ataque. Una vez listo me subí al glaciar con mucha expectativa. Pisaba decidido, con pasos cortos, el cielo era un “planetario” de estrellas, impresionante, bellísimo. El resplandor del hielo en la oscuridad se me hacía paradisíaco. La luna brillaba casi llena e iluminaba por completo el glaciar. Se veían las grietas, los desniveles. Era innecesaria la linterna, así que preferí apagarla y caminar iluminado por esa vieja compañera de los hombres. Me sentía completamente dichoso. Toda mi energía estaba concentrada en caminar, sólo caminar. Siempre creí fascinante caminar pensando, o pensar caminando; me regocijaba con lo que veía, pensaba y sentía…

Dos personas me pasaron y me invitaron a unirme a ellos. Les di las gracias pero me negué, prefería ir más lento y sin hablar. A esa altura ya me había gustado eso de caminar solo; sentía un sabor arcaico, salvaje, al sentirme rodeado de una inmensidad inabarcable, iluminado sólo por la luna. Clavaba mi piqueta en el hielo con furia al principio, y de a poco sentía que se iba “ablandando”, me fui amoldando a la montaña, al momento que vivía, fui apaciguando mi espíritu hasta que sentí a mi piqueta parte de mí; y se convirtió en un verdadero bastón, preciso, estable, seguro, preparado a frenar una caída si el destino me lo había dispuesto para esa jornada.

Había partido del refugio RIM 26 a 2400 m.s.n.m. y en cuarenta minutos me encontraba en el refugio CAJA, sabía que estaba a 2600 m.s.n.m. Pensé que faltaban muchos metros de ascenso y me desanimé. Vi luces de la gente que se preparaba para partir al ataque a la cumbre desde ese refugio. Me di cuenta que debía tomar con calma el sendero, sin ansiedades ni apuros. Seguí las huellas de los dos chicos que me habían pasado. Pensé: ¡menos mal que no intenté ir con ellos! Iban demasiado ligero para mí y a paso muy largo, mis piernas cortas no permitían semejante zancada, nuestras huellas jamás coincidían. Reí recordando cuantas cargadas recibí por mis piernas cortas, pero en ese momento disfrutaba el paso que llevaba…

Subí una hora sin parar, la pendiente se puso pronunciada. Las huellas hacían un asenso directo hacia un promontorio, evalué si hacerlo en zigzag para evitar la directísima; pero pensé que perdería mucho tiempo. Tenía que esforzarme. A mi derecha veía el volcán Villarrica, el vecino chileno, más pequeño que el Lanín -pero no por eso menos hermoso- todo nevado, y lo más deslumbrante: ¡humeaba! Cuenta la leyenda que ambos volcanes pelearon por quién de los dos se quedaría con la actividad volcánica y triunfó el chileno, por eso hoy en día está activo y el Lanín no.

Empezaba a aclarar lentamente, al este podía observar una delgada línea rosada, luego se fue volviendo roja. Seguí ascendiendo una hora más por esa ladera helada. No veía a nadie, ni adelante ni atrás. A las 7hs decidí parar diez minutos. Filmé y fotografié el amanecer. Me saqué los guantes y un polar. Había sudado mucho por el esfuerzo. No quería estar mojado al amanecer, sabía que estaba en el momento más frío del día y debía cuidarme. Ahora sí, hacía muchísimo frío, mucho más que al salir del refugio; además me encontraba a mucha más altura y expuesto a vientos del oeste.

Caminando sólo con el interior y la parka me sentía a gusto, el frío hacía doler un poco las orejas, me cubrí bien con el gorro, pero así y todo el frío era penetrante. Empecé a sentirlo en la nariz y en los pómulos. Sin embargo, sabía que era un día espléndido en cuanto a temperatura y con muy poco viento. Entonces asomó el sol entre las montañas del este. Aproveché a mirarlo unos segundos con mis ojos descubiertos y enseguida me puse los lentes con protección UV. El reflejo en el hielo era muy potente, probaba mirarlo por debajo de los lentes y me cegaba. El paisaje era realmente espectacular, primero se tiñó todo el derredor de un rosado suave, y en pocos minutos se puso rojizo, cada vez más intenso. Seguí ascendiendo lentamente. Llegué al promontorio que veía desde abajo y me encontré que estaba cubierto de piedras grandes, no me saqué los crampones porque calculé que eran apenas cincuenta metros. Costaba caminar sobre las piedras con esos hierros en los pies. Al terminar de pasarlo y volver al hielo vi una expedición extranjera subiendo por otro lado, bien tirados a la izquierda; eran seis e iban encordados de a tres. Dudé si me equivoqué de camino. No, las huellas estaban claras y había otras que -calculé- eran del día anterior. Los gringos trazaron una directa y ahorraron mucho camino, pero supuse que el esfuerzo sería el triple o más.

A las 8:30hs aproximadamente llegué al pie de la canaleta. Me alegré verla llena de hielo porque me habían dicho que si no estaba congelada se producían demasiados desprendimientos y convenía tirarse a la izquierda. Recién ahí vi un grupo de gente. Eran como quince militares ya casi arriba de la canaleta. Ellos salen de otro refugio que usan casi exclusivamente. Pensé que habían salido muy temprano para estar allá arriba. Me descorazonó la pendiente, sería de 45º o tal vez un poco más. Supe que tardaría entre una hora y media a dos en subirla. Decidí parar a descansar un poco antes de enfrentarla. Sonreí pensando que cuando uno debe enfrentar algo arduo en la vida, debe sentarse a sopesar primero sus fuerzas, sus posibilidades. Sabía que lo iba a lograr, pero también sabía que me iba a costar; y a veces uno desea conseguir cosas sin esfuerzo. Sentí que el Lanín me estaba dando una gran lección con su canaleta, si quería la emoción de la cumbre, debía esforzarme más y más.

Miré para abajo y vi a tres personas subiendo a unas dos horas debajo mío, muy lentos y fatigados. Reconocí quienes eran por sus ropas, estaban conmigo en el refugio, y seguramente partieron después que yo. Me sorprendí pensando que había gente arriba y otra debajo de mí. Gente más rápida y otra más lenta. Reflexioné que todo era un gran círculo, interminable, y por eso siempre se ve gente de un lado y del otro del camino.

Comencé a subir lentamente la canaleta. Por momentos hacía pequeños zig zag para aflojar la inclinación que ya hacía dolerme las pantorrillas con el borde de las botas dobles. Y en otros momentos subía por peldaños de escaleras tallados en el hielo por alguien que había bajado el día anterior. Le agradecí en silencio su ayuda anónima. El primer tramo fue el más duro. Hacía tres o cuatro pasos y paraba por el cansancio. Mi corazón latía rápidamente. Miraba hacia arriba y veía el avance penosamente largo y lento.  Pensé que jamás atravesaría por completo esa canaleta. Miré al oeste y vi la línea del horizonte, sobre el mar Pacífico, imponente. Ya la claridad era total. Decidí parar a comer unas galletas de agua. Me secaron completamente la boca. Pensé que había cometido un gran error. Tomé agua hasta acabar una de las tres botellitas de medio litro que había llevado en la mochila. Calculé que me iba a quedar corto con el agua, recién eran las 9am y me faltaba todo el día de esfuerzo. No había llevado calentador para derretir nieve a fin de aligerar el peso. El agua debía dosificarla mejor.

Un repentino cambio de ánimo me sobrepuso. El día era ideal para hacer cumbre. Poco viento, totalmente despejado. El frío había menguado bastante, era un auténtico día de cumbre, único en la Patagonia Argentina. La montaña me invitaba a subir. Recordé que un amigo me había dicho: “no la montes, deja que te eleve”. Pedí a todas las fuerzas superiores que existan me ayuden a seguir, pero sabía que sólo mi esfuerzo me haría llegar. Sonreí nuevamente.

Llegué a mitad de la canaleta. Vi a los militares alejarse hacia la cumbre y me reanimé. Fue un segundo de pura energía que me hizo vibrar. Sabía que sólo me quedaba sortear ese escollo y luego un poco más, siempre es un poco más... Elegí un ritmo adecuado, y empecé a caminar, sin parar, hacia arriba. Mi cabeza desbordaba de interrogantes. Descubrí que ahí nada era más importante en mi vida que esa montaña. En ese momento sentí la comunión con la tierra, la inmensa alegría de comprender que uno es un ser ínfimo y es apasionante serlo, y que el mundo circundante también está vivo. Todo lo que me rodeaba era inmensamente bello y grande, impactante. Hasta ese preciso instante venía pensando en toda mi vida, en la gente que conocía, en la gente que amaba; pensaba que mi vida se ordenaba siempre en dilemas: ¿esto o aquello? ¿blanco o negro? Sabía que la vida no es más que una aventura llena de tomas de decisiones. Quería cambiar eso de sentir que los problemas tienen sólo dos respuestas (A o B). Para resolverlos ¡hay cientos de posibilidades! Pero en ese momento todo lo que venía razonando se disolvió profundamente y comprendí que la “importancia personal” es nuestra enemiga, la que nos hace sentir héroes o nos hace sentir los más miserables del mundo. ¿Cuántas veces creí ser la persona más triste del mundo? ¡O la más sola! ¡O la única que le pasan cosas! Es la autocompasión la que nos destruye lentamente. Entendí que todas esas cosas son mecanismos de la razón para atarnos a una sola realidad; que el mundo era mucho más amplio, más vasto y más hermoso; que podía percibir todo lo que percibía sin ataduras, sin prejuicios, sin penas ni alegrías, sólo dejándome llenar por el espíritu impecable de ese volcán inmenso y poderoso, que me dejaría treparlo hasta pisar su cima, si mi propio espíritu tenía la voluntad y la capacidad de hacerlo.

Alrededor de las 10 a.m. terminé de subir la canaleta. Miré hacia atrás y hacia abajo. Lo peor había pasado. Me inundó la ansiedad. Ahora no quería parar, quería seguir directo hasta la cumbre de un solo tirón, pero mi cuerpo estaba exhausto, debía descansar. Alcancé a ver a dos militares sentados más arriba a unos quinientos metros y preferí alcanzarlos y sentarme con ellos. Al llegar me saludaron y me dijeron que hasta ahí llegaron ellos, que no seguirían subiendo más por el cansancio, pero que no faltaba ni una hora hasta la cumbre, me alentaron a hacerlo. Traté de motivarlos para que no abandonen y sigan conmigo; les dije que podíamos hacer un paso muy tranquilo y adaptarlo a sus condiciones, pero uno de ellos se encontraba extenuado al extremo y habían decidido parar hasta que los recoja el grupo cuando baje. Saludé entonces y seguí mi camino. Comprendí que en la vida no siempre ayudar es lo que uno cree, esos militares no precisaban nada de mí, habían tomado ya una determinación. Al principio sentí que rechazaban mi apoyo incondicional, pero al hacer unos pasos, uno de ellos me dijo: “¡Gracias! Pero tu camino sigue hacia arriba, y el mío terminó acá”. Me pareció ver en sus ojos un dejo de angustia por el “fracaso”, pero su sonrisa me confirmó que esa persona había alcanzado su propia cumbre…

Era mi destino llegar solo, sin compañías. Y me abandoné a ese camino que yo mismo había elegido apenas un día antes. ¡Mi cumbre en solitario!

Subí unos veinte minutos y decidí parar un rato, estaba solo, meditabundo. Una paz extraña me invadió, corroboré sentado entre esas piedras lo que habla Castaneda cuando dice que cada acto puede bien ser la última batalla sobre la tierra. Ese militar había llegado al límite de su voluntad, aunque yo considerara que físicamente el podría llegar mucho más arriba. Muchos interrogantes me surgieron: ¿Por qué unos recogen fuerzas de dónde no hay? O, mejor dicho “de dónde no parece haber”. Me sentía satisfecho mirando aquel paisaje inimaginable, allí realmente podría haberme quedado horas deleitando mis ojos en el infinito. Estaba completo.

De repente miré hacia arriba, unas nubes bajas llegaban desde el oeste. Algo me hizo sentir (¿o pensar?) que llegaría mal tiempo pronto, este día era ideal para el ascenso, era único. No se podía esperar otra jornada, no en esas condiciones. ¿Y por qué yo estaba allí, a menos de una hora de la cima, en ese preciso día? Miré al cielo y sonreí agradecido. (Al día siguiente, cuando desperté en el refugio, el viento y las nubes habían impedido a todas las expediciones seguir avanzando).

Me levanté de un salto, me sentía impecable, con mis fuerzas íntegras y comencé el ataque a la cumbre. Hice un gran zigzag y me di cuenta que había exagerado y había caminado varios metros de más hacia el oeste, podía haber trazado una diagonal a la izquierda, hacia el este y el camino hubiera sido más corto y no tan empinado, me reí de mí en voz alta, y me dije que siempre había otra forma de hacer las cosas, siempre se puede mejorar el camino que uno recorre. Mi vida era un mar de dudas y cada vez que elegía un camino pensaba que otro era mejor… ¡Y en verdad hubiera sido mejor trazar aquella diagonal! Pero lo que valía había sido cuánto había disfrutado ese recorrido, no me había llevado mucho esfuerzo y el paisaje era encantador, podía ver los volcanes chilenos, la Cordillera de los Andes parecía una maqueta en miniatura, y detrás, como una delgada línea rojiza el Océano Pacífico, inmenso y sin final.

Tenía pegada una canción en mi cabeza y la tarareaba sin parar, sentía que disfrutaba mi camino profundamente. Y vi la última subida, el camino directo hacia la cumbre. Subí algo inquieto pero tranquilo, quería lograr esta aventura hacía mucho tiempo, éste era uno de los sueños más anhelados de mi vida y estaba a diez minutos de convertirlo en realidad… Y ahí fue cuando entendí todo: ¡Ya era realidad, aunque no hubiera llegado a la cima! Al fin anduve sin pensamientos, como el tango Naranjo en flor. Con un poco más de esfuerzo logré sortear la última parte muy inclinada, y ahí llegué: ¡la cumbre del Volcán Lanín!!!!!!!!! Estaba parado a 3776 m.s.n.m. y nada había más alto en todo alrededor.

Eran las 11hs, y unas lágrimas me cayeron ante tanta emoción, no podía creer lo que estaban observando mis ojos: allá a lo lejos el Tronador imponente, ¡que se encuentra a casi doscientos kilómetros de distancia! El lago Huechulaufquen y el Paimún hacia el sur, el Tromen hacia el Norte; hacia el Oeste, Chile y el mar por detrás; y al este, el verde de los valles. La vista era de 360°, ¡cómo describir con palabras algo que jamás alcanzaré a explicar! Un inmenso amor me inundó de repente; amor por la montaña, por la vida, por la libertad. Me sentía parte de ese paisaje, estaba parado en un lugar que había soñado, y me encontraba rodeado de hielo y viento, nada más. Me di cuenta que no vi a los militares bajar; nunca supe cuál fue el camino que usaron, sí o sí tenía que haberlos encontrado, ellos habrían llegado a la cima hacía una hora como mínimo. Recordé un cuento de Galeano cuando dice que los padres le dieron una botellita vacía a su hijo y le dijeron: “no la abras nunca, nunca, para que aprendas a amar el misterio”. Jamás me preocuparé entonces por saber por dónde lo hicieron.

No podía dejar de pensar en toda la gente que quiero, decidí filmarme y sacarme unas fotos. Entonces clavé mi piqueta en el hielo para guiarme, puse mi polar windstopper en el suelo para sentarme sobre el hielo y no enfriarme el trasero; apoyé la filmadora sobre la mochila y dediqué unas palabras apasionadas. A los quince segundos de grabación la filmadora cayó de costado porque estaba mal apoyada y dejó de funcionar, dejando un video corto y gracioso que perdería unos meses después. Muchas veces el destino de algunos momentos es quedar grabados solamente en nuestras retinas.

            Pensaba que hacía apenas dos meses, esa misma montaña nos había echado a patadas con una tormenta de polvo blanco que me hizo dudar realmente de mis fuerzas por primera vez en mi vida en la montaña. Realmente habíamos sentido, mi compañero de cordada y yo, que podíamos no contar nuestra aventura en esas nueve horas de lucha con la tormenta hasta llegar al refugio salvador. Esa noche, casi no pudimos dormir, el viento, la nieve y las piedras, golpeaban furiosamente el refugio haciéndonos saber que los fantasmas de esa inmensidad estaban todos presentes allí. Una fuerte avalancha había golpeado el refugio antes del amanecer asustándonos inmensamente…

Sonreí fuerte y contento, ahora el mismo Lanín se me presentaba dócil y cordial, me había dado una oportunidad única y sin igual. No pude más que arrodillarme, tocar con mis manos el suelo helado y sentir mi corazón reconfortado y agradecido.

Me hice una sopa para calentar el cuerpo usando el vaso rojo de mi hijo pequeño. Lo había llevado para sentirlo más cerca. Soñé algún día estar con él al lado mío en algún sitio similar, en silencio, contemplando el paisaje y sintiendo la misma admiración por la vida.

Una hora me llevó calmar mi espíritu en esa extensión inhóspita, no encontraba sentido a nada de lo que mis cavilaciones traían en ese momento, sólo disfrutaba el aquí y el ahora y eso es algo que nunca logro hacer por completo en mis días cotidianos. “El camino del guerrero comienza haciéndose una sola pregunta: ¿tiene corazón este camino?” Esa pregunta me golpeaba fuertemente el pecho, y sabía, con claridad cegadora que sí, que ese camino tenía corazón, lo amaba como a mi vida misma, y lo valía. Sabía que, si la muerte me alcanzaba en ese segundo, mi corazón hubiera sonreído y hubiera partido feliz, adonde tenga que ir...

Fueron muchas sensaciones y sentimientos indescriptibles e imposibles de plasmar en este humilde relato. Así que no puedo explicar claramente lo que sentía en ese lugar, pero sé que mi alma eligió un camino, y ese camino estaba bajo mis pies. Simplemente, era feliz.

Cuando decidí armar mi mochila para el descenso descubrí con asombro que mi polar windstopper se había pegado al hielo de la cumbre en su totalidad y no había forma de sacarlo. Me enojé y me reí de mi situación, ¡no podía pasarme eso!, siempre hay una piedra en el camino, siempre. Así que con paciencia y tranquilidad -para no romperlo- empecé a picar el hielo desde los costados, trabajando como un minero. Sonreí pensando que diría si alguien llegara a la cumbre en ese instante. Al lograr despegarlo me quedó congelado como si estuviera suspendido de una percha, entonces lo colgué de mi piqueta y esperé un rato largo que el sol derritiera aquel espantapájaros de hielo para poder doblarlo y guardarlo en la mochila. Luego comencé a descender, había estado varias horas allí y nadie había llegado. Al bajar apenas unos minutos me encontré con un guía y sus dos clientes totalmente exhaustos, me alegré de ver gente y volví a subir, ayudándolos. En la cumbre me sacaron una foto de cuerpo entero, que no tenía. Saludé agradecido por inmortalizar ese momento de mi vida que había sido tan importante para mí. Y ahí sí, comenzó el penoso descenso.

Más que fatigoso es doloroso, porque las piernas ya piden un descanso y son varias horas de bajada con la nieve ya blanda por el sol que te hace hundir hasta las rodillas, y a veces más.

Bajé casi sin detenerme, venía tarareando la misma canción, sonriendo, agradecido, sintiendo que la vida me daba más de cinco razones para recorrerla.

Al llegar al refugio, mis amigos me esperaban con unos mates y galletitas dulces, su alegría por la “victoria” y una merienda merecida. Me tiré a descansar sobre mi bolsa de dormir, cansado, feliz, y con el corazón en torbellinos, como siempre.





Comentarios

  1. muy buena, quiero saber las canciones que tarareaste. Si no me equivoco me lo diste a leer hace mucho y me encantó leerla nuevamente. Me vienen miles de preguntas que te haré cuando esté por allá. Hasta sentí el frio y el mareo. hermoso

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    1. Generalmente son de Charly o del flaco Spinetta jaja. Qué le vamos a hacer!
      Gracias por los comentarios!!!

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  2. Qué buen relato. Qué gran relator. Saludos desde Sarandí, ese lugar donde si llegás a hacer cima en el Viaducto, podés ver la inmensidad de la Av. Mitre de norte a sur.

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