CUMBRE
VOLCÁN LANÍN 3776 m .s.n.m
Partí a las
Al llegar al glaciar
me puse los crampones muy despacio, tomé unos sorbos de agua. Me pesaba un poco
la mochila de ataque. Una vez listo me subí al glaciar con mucha expectativa.
Pisaba decidido, con pasos cortos, el cielo era un “planetario” de estrellas,
impresionante, bellísimo. El resplandor del hielo en la oscuridad se me hacía
paradisíaco. La luna brillaba casi llena e iluminaba por completo el glaciar.
Se veían las grietas, los desniveles. Era innecesaria la linterna, así que
preferí apagarla y caminar iluminado por esa vieja compañera de los hombres. Me
sentía completamente dichoso. Toda mi energía
estaba concentrada en caminar, sólo caminar. Siempre creí fascinante caminar pensando, o
pensar caminando; me regocijaba con lo que veía, pensaba y sentía…
Dos personas me
pasaron y me invitaron a unirme a ellos. Les di las gracias pero me negué, prefería
ir más lento y sin hablar. A esa altura ya me había gustado eso de caminar solo;
sentía un sabor arcaico, salvaje, al sentirme rodeado de una inmensidad inabarcable,
iluminado sólo por la luna. Clavaba mi piqueta en el hielo con furia al
principio, y de a poco sentía que se iba “ablandando”, me fui amoldando a la
montaña, al momento que vivía, fui apaciguando mi espíritu hasta que sentí a mi
piqueta parte de mí; y se convirtió en un verdadero bastón, preciso, estable,
seguro, preparado a frenar una caída si el destino me lo había dispuesto para
esa jornada.
Había partido del
refugio RIM
Subí una hora sin parar, la pendiente se puso pronunciada. Las huellas hacían un asenso directo hacia un promontorio, evalué si hacerlo en zigzag para evitar la directísima; pero pensé que perdería mucho tiempo. Tenía que esforzarme. A mi derecha veía el volcán Villarrica, el vecino chileno, más pequeño que el Lanín -pero no por eso menos hermoso- todo nevado, y lo más deslumbrante: ¡humeaba! Cuenta la leyenda que ambos volcanes pelearon por quién de los dos se quedaría con la actividad volcánica y triunfó el chileno, por eso hoy en día está activo y el Lanín no.
Empezaba a aclarar
lentamente, al este podía observar una delgada línea rosada, luego se fue
volviendo roja. Seguí ascendiendo una hora más por esa ladera helada. No veía a
nadie, ni adelante ni atrás. A las 7hs decidí parar diez minutos.
Filmé y fotografié el amanecer. Me saqué los guantes y un polar. Había sudado
mucho por el esfuerzo. No quería estar mojado al amanecer, sabía que estaba en
el momento más frío del día y debía cuidarme. Ahora sí, hacía muchísimo frío,
mucho más que al salir del refugio; además me encontraba a mucha más altura y
expuesto a vientos del oeste.
Caminando sólo con
el interior y la parka me sentía a gusto, el frío hacía doler un poco las
orejas, me cubrí bien con el gorro, pero así y todo el frío era penetrante.
Empecé a sentirlo en la nariz y en los pómulos. Sin embargo, sabía que era un
día espléndido en cuanto a temperatura y con muy poco viento. Entonces asomó el
sol entre las montañas del este. Aproveché a mirarlo unos segundos con mis ojos descubiertos y enseguida me puse los lentes
con protección UV. El reflejo en el hielo era muy potente, probaba mirarlo por debajo de los lentes y me cegaba. El paisaje era realmente
espectacular, primero se tiñó todo el derredor de un rosado suave, y en pocos
minutos se puso rojizo, cada vez más intenso. Seguí ascendiendo lentamente. Llegué
al promontorio que veía desde abajo y me encontré que estaba cubierto de
piedras grandes, no me saqué los crampones porque calculé que eran apenas cincuenta
metros. Costaba caminar sobre las piedras con esos hierros en los pies. Al
terminar de pasarlo y volver al hielo vi una expedición extranjera subiendo por
otro lado, bien tirados a la izquierda; eran seis e iban encordados de a tres. Dudé si me equivoqué de camino. No, las huellas estaban claras y había otras que -calculé- eran del día anterior. Los gringos trazaron una directa y ahorraron
mucho camino, pero supuse que el esfuerzo sería el triple o más.
A las 8:30hs
aproximadamente llegué al pie de la canaleta. Me alegré verla llena de hielo
porque me habían dicho que si no estaba congelada se producían demasiados
desprendimientos y convenía tirarse a la izquierda. Recién ahí vi un grupo de
gente. Eran como quince militares ya casi arriba de la canaleta. Ellos salen de
otro refugio que usan casi exclusivamente. Pensé que habían salido muy temprano
para estar allá arriba. Me descorazonó la pendiente, sería de 45º o tal vez un
poco más. Supe que tardaría entre una hora y media a dos en subirla. Decidí
parar a descansar un poco antes de enfrentarla. Sonreí pensando que cuando uno
debe enfrentar algo arduo en la vida, debe sentarse a sopesar primero sus
fuerzas, sus posibilidades. Sabía que lo iba a lograr, pero también sabía que
me iba a costar; y a veces uno desea conseguir cosas sin esfuerzo. Sentí que el
Lanín me estaba dando una gran lección con su canaleta, si quería la emoción de
la cumbre, debía esforzarme más y más.
Miré para abajo y
vi a tres personas subiendo a unas dos horas debajo mío, muy lentos y
fatigados. Reconocí quienes eran por sus ropas, estaban conmigo en el refugio,
y seguramente partieron después que yo. Me sorprendí pensando que había gente
arriba y otra debajo de mí. Gente más rápida y otra más lenta. Reflexioné que
todo era un gran círculo, interminable, y por eso siempre se ve gente de un
lado y del otro del camino.
Comencé a subir lentamente
la canaleta. Por momentos hacía pequeños zig zag para aflojar la inclinación
que ya hacía dolerme las pantorrillas con el borde de las botas dobles. Y en otros momentos subía por peldaños de escaleras tallados en el hielo por alguien que
había bajado el día anterior. Le agradecí en silencio su ayuda anónima. El
primer tramo fue el más duro. Hacía tres o cuatro pasos y paraba por el
cansancio. Mi corazón latía rápidamente. Miraba hacia arriba y veía el avance
penosamente largo y lento. Pensé que
jamás atravesaría por completo esa canaleta. Miré al oeste y vi la línea del
horizonte, sobre el mar Pacífico, imponente. Ya la claridad era total. Decidí
parar a comer unas galletas de agua. Me secaron completamente la boca. Pensé
que había cometido un gran error. Tomé agua hasta acabar una de las tres
botellitas de medio litro que había llevado en la mochila. Calculé que me iba a
quedar corto con el agua, recién eran las 9am y me faltaba todo el día de
esfuerzo. No había llevado calentador para derretir nieve a fin de aligerar el
peso. El agua debía dosificarla mejor.
Un repentino cambio
de ánimo me sobrepuso. El día era ideal para hacer cumbre. Poco viento,
totalmente despejado. El frío había menguado bastante, era un auténtico día de
cumbre, único en
Llegué a mitad de
la canaleta. Vi a los militares alejarse hacia la cumbre y me reanimé. Fue un
segundo de pura energía que me hizo vibrar. Sabía que sólo me quedaba sortear
ese escollo y luego un poco más, siempre es un poco más... Elegí un ritmo adecuado,
y empecé a caminar, sin parar, hacia arriba. Mi cabeza desbordaba de
interrogantes. Descubrí que ahí nada era más importante en mi vida que esa
montaña. En ese momento sentí la comunión con la tierra, la inmensa
alegría de comprender que uno es un ser ínfimo y es apasionante serlo, y que el
mundo circundante también está vivo. Todo lo que me rodeaba era inmensamente
bello y grande, impactante. Hasta ese preciso instante venía pensando en toda
mi vida, en la gente que conocía, en la gente que amaba; pensaba que mi vida se
ordenaba siempre en dilemas: ¿esto o aquello? ¿blanco o negro? Sabía que la
vida no es más que una aventura llena de tomas de decisiones. Quería cambiar
eso de sentir que los problemas tienen sólo dos respuestas (A o B). Para
resolverlos ¡hay cientos de posibilidades! Pero en ese momento todo lo que
venía razonando se disolvió profundamente y comprendí que la “importancia
personal” es nuestra enemiga, la que nos hace sentir héroes o nos hace sentir
los más miserables del mundo. ¿Cuántas veces creí ser la persona más triste del
mundo? ¡O la más sola! ¡O la única que le pasan cosas! Es la autocompasión la
que nos destruye lentamente. Entendí que todas esas cosas son mecanismos de la
razón para atarnos a una sola realidad; que el mundo era mucho más amplio, más
vasto y más hermoso; que podía percibir todo lo que percibía sin ataduras, sin
prejuicios, sin penas ni alegrías, sólo dejándome llenar por el espíritu
impecable de ese volcán inmenso y poderoso, que me dejaría treparlo hasta pisar
su cima, si mi propio espíritu tenía la voluntad y la capacidad de hacerlo.
Alrededor de las
Era mi destino
llegar solo, sin compañías. Y me abandoné a ese camino que yo mismo había
elegido apenas un día antes. ¡Mi cumbre en solitario!
Subí unos veinte minutos y decidí parar un rato, estaba solo, meditabundo. Una paz extraña me invadió, corroboré sentado entre esas piedras lo que habla Castaneda cuando dice que cada acto puede bien ser la última batalla sobre la tierra. Ese militar había llegado al límite de su voluntad, aunque yo considerara que físicamente el podría llegar mucho más arriba. Muchos interrogantes me surgieron: ¿Por qué unos recogen fuerzas de dónde no hay? O, mejor dicho “de dónde no parece haber”. Me sentía satisfecho mirando aquel paisaje inimaginable, allí realmente podría haberme quedado horas deleitando mis ojos en el infinito. Estaba completo.
De repente miré
hacia arriba, unas nubes bajas llegaban desde el oeste. Algo me hizo
sentir (¿o pensar?) que llegaría mal tiempo pronto, este día
era ideal para el ascenso, era único. No se podía esperar otra jornada, no en esas
condiciones. ¿Y por qué yo estaba allí, a menos de una hora de la cima, en ese
preciso día? Miré al cielo y sonreí agradecido. (Al día siguiente, cuando
desperté en el refugio, el viento y las nubes habían impedido a todas las
expediciones seguir avanzando).
Me levanté de un salto, me sentía impecable, con mis fuerzas íntegras y comencé el ataque a la
cumbre. Hice un gran zigzag y me di cuenta que había exagerado y había caminado
varios metros de más hacia el oeste, podía haber trazado una diagonal a la
izquierda, hacia el este y el camino hubiera sido más corto y no tan empinado,
me reí de mí en voz alta, y me dije que siempre había otra forma de hacer las
cosas, siempre se puede mejorar el camino que uno recorre. Mi vida era un mar
de dudas y cada vez que elegía un camino pensaba que otro era mejor… ¡Y en verdad
hubiera sido mejor trazar aquella diagonal! Pero lo que valía había sido cuánto
había disfrutado ese recorrido, no me había llevado mucho esfuerzo y el paisaje
era encantador, podía ver los volcanes chilenos,
Tenía pegada una
canción en mi cabeza y la tarareaba sin parar, sentía que disfrutaba mi camino
profundamente. Y vi la última subida, el camino directo hacia la cumbre. Subí
algo inquieto pero tranquilo, quería lograr esta aventura hacía mucho tiempo, éste era uno de los sueños más anhelados de mi vida y estaba a diez minutos de
convertirlo en realidad… Y ahí fue cuando entendí todo: ¡Ya era realidad,
aunque no hubiera llegado a la cima! Al fin anduve sin pensamientos, como el
tango Naranjo en flor. Con un poco más de esfuerzo logré sortear la última
parte muy inclinada, y ahí llegué: ¡la cumbre del Volcán Lanín!!!!!!!!! Estaba
parado a
Eran las 11hs, y unas
lágrimas me cayeron ante tanta emoción, no podía creer lo que estaban observando
mis ojos: allá a lo lejos el Tronador imponente, ¡que se encuentra a casi doscientos kilómetros de distancia! El
lago Huechulaufquen y el Paimún hacia el sur, el Tromen hacia el Norte; hacia
el Oeste, Chile y el mar por detrás; y al este, el verde de los valles. La
vista era de 360°, ¡cómo describir con palabras algo que jamás alcanzaré a
explicar! Un inmenso amor me inundó de repente; amor por la montaña, por la
vida, por la libertad. Me sentía parte de ese paisaje, estaba parado en un
lugar que había soñado, y me encontraba rodeado de hielo y viento, nada más. Me
di cuenta que no vi a los militares bajar; nunca supe cuál fue el camino que
usaron, sí o sí tenía que haberlos encontrado, ellos habrían llegado a la cima
hacía una hora como mínimo. Recordé un cuento de Galeano cuando dice que los
padres le dieron una botellita vacía a su hijo y le dijeron: “no la abras
nunca, nunca, para que aprendas a amar el misterio”. Jamás me preocuparé
entonces por saber por dónde lo hicieron.
No podía dejar de
pensar en toda la gente que quiero, decidí filmarme y sacarme unas fotos.
Entonces clavé mi piqueta en el hielo para guiarme, puse mi polar windstopper
en el suelo para sentarme sobre el hielo y no enfriarme el trasero; apoyé la
filmadora sobre la mochila y dediqué unas palabras apasionadas. A los quince
segundos de grabación la filmadora cayó de costado porque estaba mal apoyada y
dejó de funcionar, dejando un video corto y gracioso que perdería unos meses
después. Muchas veces el destino de algunos momentos es quedar grabados solamente
en nuestras retinas.
Pensaba que hacía apenas dos meses, esa misma
montaña nos había echado a patadas con una tormenta de polvo blanco que me hizo
dudar realmente de mis fuerzas por primera vez en mi vida en la montaña.
Realmente habíamos sentido, mi compañero de cordada y yo, que podíamos no
contar nuestra aventura en esas nueve horas de lucha con la tormenta hasta
llegar al refugio salvador. Esa noche, casi no pudimos dormir, el viento, la
nieve y las piedras, golpeaban furiosamente el refugio haciéndonos saber que
los fantasmas de esa inmensidad estaban todos presentes allí. Una fuerte
avalancha había golpeado el refugio antes del amanecer asustándonos inmensamente…
Sonreí fuerte y
contento, ahora el mismo Lanín se me presentaba dócil y cordial, me había dado
una oportunidad única y sin igual. No pude más que arrodillarme, tocar con mis
manos el suelo helado y sentir mi corazón reconfortado y agradecido.
Me hice una sopa
para calentar el cuerpo usando el vaso rojo de mi hijo pequeño. Lo había
llevado para sentirlo más cerca. Soñé algún día estar con él al lado mío en
algún sitio similar, en silencio, contemplando el paisaje y sintiendo la misma
admiración por la vida.
Una hora me llevó
calmar mi espíritu en esa extensión inhóspita, no encontraba sentido a nada de
lo que mis cavilaciones traían en ese momento, sólo disfrutaba el aquí y el
ahora y eso es algo que nunca logro hacer por completo en mis días cotidianos.
“El camino del guerrero comienza haciéndose una sola pregunta: ¿tiene corazón
este camino?” Esa pregunta me golpeaba fuertemente el pecho, y sabía, con
claridad cegadora que sí, que ese camino tenía corazón, lo amaba como a mi vida
misma, y lo valía. Sabía que, si la muerte me alcanzaba en ese segundo, mi
corazón hubiera sonreído y hubiera partido feliz, adonde tenga que ir...
Fueron muchas
sensaciones y sentimientos indescriptibles e imposibles de plasmar en este
humilde relato. Así que no puedo explicar claramente lo que sentía en ese
lugar, pero sé que mi alma eligió un camino, y ese camino estaba bajo mis pies.
Simplemente, era feliz.
Cuando decidí armar
mi mochila para el descenso descubrí con asombro que mi polar windstopper se
había pegado al hielo de la cumbre en su totalidad y no había forma de sacarlo.
Me enojé y me reí de mi situación, ¡no podía pasarme eso!, siempre hay una
piedra en el camino, siempre. Así que con paciencia y tranquilidad -para no
romperlo- empecé a picar el hielo desde los costados, trabajando como un minero.
Sonreí pensando que diría si alguien llegara a la cumbre en ese instante. Al
lograr despegarlo me quedó congelado como si estuviera suspendido de una
percha, entonces lo colgué de mi piqueta y esperé un rato largo que el sol
derritiera aquel espantapájaros de hielo para poder doblarlo y guardarlo en la
mochila. Luego comencé a descender, había estado varias horas allí y nadie
había llegado. Al bajar apenas unos minutos me encontré con un guía y sus dos
clientes totalmente exhaustos, me alegré de ver gente y volví a subir, ayudándolos.
En la cumbre me sacaron una foto de cuerpo entero, que no tenía. Saludé
agradecido por inmortalizar ese momento de mi vida que había sido tan
importante para mí. Y ahí sí, comenzó el penoso descenso.
Más que fatigoso es
doloroso, porque las piernas ya piden un descanso y son varias horas de bajada
con la nieve ya blanda por el sol que te hace hundir hasta las rodillas, y a
veces más.
Bajé casi sin
detenerme, venía tarareando la misma canción, sonriendo, agradecido,
sintiendo que la vida me daba más de cinco razones para recorrerla.
Al llegar al
refugio, mis amigos me esperaban con unos mates y galletitas dulces, su alegría
por la “victoria” y una merienda merecida. Me tiré a descansar sobre mi bolsa
de dormir, cansado, feliz, y con el corazón en torbellinos, como siempre.


muy buena, quiero saber las canciones que tarareaste. Si no me equivoco me lo diste a leer hace mucho y me encantó leerla nuevamente. Me vienen miles de preguntas que te haré cuando esté por allá. Hasta sentí el frio y el mareo. hermoso
ResponderBorrarGeneralmente son de Charly o del flaco Spinetta jaja. Qué le vamos a hacer!
BorrarGracias por los comentarios!!!
Qué buen relato. Qué gran relator. Saludos desde Sarandí, ese lugar donde si llegás a hacer cima en el Viaducto, podés ver la inmensidad de la Av. Mitre de norte a sur.
ResponderBorrarjajaja conozco ese viaducto! Confieso que jamás lo escalé...
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