EL TIEMPO ES ORO

 

Ilustración: Silvina Lopez

      EL TIEMPO ES ORO

                Carlos y María, tomados de la mano, miraban absortos la casa frente al mar. Parecía un cuadro pintado al óleo: sus paredes blancas inmaculadas, su puerta de vidrio tallado a mano, su techo de piedras lajas negras colocadas a dos aguas y su sendero de madera reluciente camino hacia los médanos. El mar golpeaba suavemente sobre un acantilado cercano y el aire matinal olía a sal y frescura.

                —La casa es perfecta. Es lo que siempre soñamos. Lo que no recuerdo bien es su precio.

                —Veinte años, señora.

                —Uff. ¡Veinte años! —dijo María visiblemente agobiada—. No digo que no lo valga. Pero usted entenderá que mi marido y yo ya somos adultos, y entregar diez años de nuestras vidas sería un riesgo altísimo…

                —La felicidad implica sacrificio, y el sacrificio implica felicidad. Eso lo sabemos todos —respondió el representante del gobierno central, mientras la pareja asentía mecánicamente—. Pero sepa disculparme si me expresé mal, señora. Son veinte años… ¡cada uno! El valor real de esta casa es de cuarenta años. Ya saben que vivimos en un mundo libre, ustedes decidirán. Pero yo en su lugar no lo pensaría demasiado. Su hijo pronto cumplirá trece años y tiene una vida útil por delante que es menester asegurar. Observen mi caso, como ejemplo, mi padre ha muerto muy joven para dejarme mi propia residencia, y hoy soy un hombre de reconocida posición social. Si tuviera un hijo no dudaría en hacer lo mismo.

                —Eso se ve a todas luces, señor Verenbrugen —intervino Carlos, mirando el flamante vehículo del funcionario estacionado frente a la casa—. Gracias por su sabio consejo. Hoy mismo le daremos una respuesta.

 

                El matrimonio se sentó en el sillón del living a debatir, debían tomar una decisión extremadamente delicada. Querían consolidar un futuro para su hijo Juan Carlos, pero el precio era elevado y muy riesgoso para ellos mismos.

                Se pusieron a conversar sobre un documental de historia que habían visto la noche anterior, donde contaba que en el pasado la moneda de cambio para la compra-venta eran unos papeles pequeños llamados “billetes”. Aún no podían creerlo. ¿Quién podría depositar valor y confianza en algo tan superfluo como un papel? Pagar con tiempo de vida era lo más justo y exacto que podría haber inventado la raza humana. A veces se cuestionaban adonde iban a parar esos años que entregaban o por qué la clase dirigente vivía tanto, pero rápidamente esas preguntas se disolvían en la gris rutina de los días.

                —Si no podemos dejarle un lugar donde vivir, nuestro hijo se convertirá en un bárbaro, eso lo sabemos todos—dijo María a su esposo, al borde del llanto.

                —Obvio, eso lo sabemos todos, querida. Pero jamás permitiremos algo así —respondió Carlos, tranquilizándola—. ¿Lo imaginas caminando por las sucias calles, en la oscuridad más tenebrosa? ¿Realmente crees que podemos ser tan egoístas de no gastar unas décadas por nuestro amado retoño? Él es nuestro legado, lo único que continuará nuestro apellido familiar. 

                —Es verdad, iniciemos la videollamada. No vale la pena dar más vueltas en este asunto. Esperemos conseguir turno lo antes posible, para comenzar pronto la transferencia de años…

 

                El adolescente Juan Carlos salió de darse su habitual baño en el mar. Desayunó sereno escuchando el graznido de las últimas gaviotas de la temporada. Caminó con la taza de café aún caliente en su mano y se sentó en el jardín del patio, frente al mausoleo de sus progenitores.

                Al poco tiempo su novia se acercó por detrás y abrazándolo suavemente le dijo:

                —Aquí hay un silencio demasiado ruidoso. ¿Sucede salgo, amor? ¿Qué haces viendo la tumba de tus padres?  Juan Carlos respondió, ahogado en un sollozo:

                —¡Me hubiera gustado tanto conocerlos mejor, compartir más tiempo con ellos!

 



Comentarios

Publicar un comentario