EL TIEMPO ES ORO
—La
casa es perfecta. Es lo que siempre soñamos. Lo que no recuerdo bien es su
precio.
—Veinte
años, señora.
—Uff. ¡Veinte
años! —dijo María visiblemente agobiada—. No digo que no lo valga. Pero usted
entenderá que mi marido y yo ya somos adultos, y entregar diez años de nuestras
vidas sería un riesgo altísimo…
—La
felicidad implica sacrificio, y el sacrificio implica felicidad. Eso lo sabemos
todos —respondió el representante del gobierno central, mientras la pareja
asentía mecánicamente—. Pero sepa disculparme si me expresé mal, señora. Son veinte
años… ¡cada uno! El valor real de esta casa es de cuarenta años. Ya saben que
vivimos en un mundo libre, ustedes decidirán. Pero yo en su lugar no lo pensaría
demasiado. Su hijo pronto cumplirá trece años y tiene una vida útil por delante
que es menester asegurar. Observen mi caso, como ejemplo, mi padre ha muerto
muy joven para dejarme mi propia residencia, y hoy soy un hombre de reconocida
posición social. Si tuviera un hijo no dudaría en hacer lo mismo.
—Eso se
ve a todas luces, señor Verenbrugen —intervino Carlos, mirando el flamante vehículo
del funcionario estacionado frente a la casa—. Gracias por su sabio consejo. Hoy
mismo le daremos una respuesta.
El
matrimonio se sentó en el sillón del living a debatir, debían tomar una
decisión extremadamente delicada. Querían consolidar un futuro para su hijo
Juan Carlos, pero el precio era elevado y muy riesgoso para ellos mismos.
Se
pusieron a conversar sobre un documental de historia que habían visto la noche
anterior, donde contaba que en el pasado la moneda de cambio para la
compra-venta eran unos papeles pequeños llamados “billetes”. Aún no podían
creerlo. ¿Quién podría depositar valor y confianza en algo tan superfluo como
un papel? Pagar con tiempo de vida era lo más justo y exacto que podría haber
inventado la raza humana. A veces se cuestionaban adonde iban a parar esos años
que entregaban o por qué la clase dirigente vivía tanto, pero rápidamente esas
preguntas se disolvían en la gris rutina de los días.
—Si no
podemos dejarle un lugar donde vivir, nuestro hijo se convertirá en un bárbaro,
eso lo sabemos todos—dijo María a su esposo, al borde del llanto.
—Obvio,
eso lo sabemos todos, querida. Pero jamás permitiremos algo así —respondió
Carlos, tranquilizándola—. ¿Lo imaginas caminando por las sucias calles, en la
oscuridad más tenebrosa? ¿Realmente crees que podemos ser tan egoístas de no
gastar unas décadas por nuestro amado retoño? Él es nuestro legado, lo único
que continuará nuestro apellido familiar.
—Es verdad,
iniciemos la videollamada. No vale la pena dar más vueltas en este asunto.
Esperemos conseguir turno lo antes posible, para comenzar pronto la
transferencia de años…
El
adolescente Juan Carlos salió de darse su habitual baño en el mar. Desayunó
sereno escuchando el graznido de las últimas gaviotas de la temporada. Caminó
con la taza de café aún caliente en su mano y se sentó en el jardín del patio,
frente al mausoleo de sus progenitores.
Al poco
tiempo su novia se acercó por detrás y abrazándolo suavemente le dijo:
—Aquí
hay un silencio demasiado ruidoso. ¿Sucede salgo, amor? ¿Qué haces viendo la
tumba de tus padres? Juan Carlos
respondió, ahogado en un sollozo:
—¡Me
hubiera gustado tanto conocerlos mejor, compartir más tiempo con ellos!

Excelente!!!!
ResponderBorrarMuchísimas gracias!!
BorrarImpresionante Darío.
ResponderBorrarMillones de gracias!
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