Reflexiones... opus 30 Los caminos invisibles

                

                Solo los niños saben dónde se encuentran los caminos invisibles.

                Parecería que los chicos jamás escuchan a sus mayores. Se aburren, detestan nuestros consejos, nuestras explicaciones, las frases que repetimos a diario. Sin embargo, no vacilan en imitarnos.

                En ocasiones, me sorprendo a mí mismo realizando lo que tanto odiaba en mis padres y pronunciando también sus frases gastadas. Me río de ello; luego, me invade un cóctel de asombro e incomodidad mientras me pregunto si realmente lo creo. ¿Solo repito o lo he interiorizado?

                Las nuevas generaciones cambiaron el modo de conectarnos entre nosotros y con el mundo. Han reescrito las reglas establecidas. Eso es maravilloso. Han desencadenado una auténtica revolución de las relaciones. Ellos son navegantes intrépidos en un mar de posibilidades, y nosotros un simple faro que alerta sobre posibles peligros —en numerosas ocasiones, ni siquiera sabemos si hay riesgo—.

                Solo los niños saben dónde se cruzan los caminos invisibles.

                No es fácil despojarse de lo que nos han inculcado ni sacudirse las ideas arraigadas en lo profundo. El verdadero logro radica en cuestionarlas.

                Anhelo para ellos lo más sencillo y esencial de la vida: que elijan su propio camino y lo sigan. Libres para pensar, porque de lo contrario solo hacemos lo que otros dicen. Libres para sentir, pues no hay modo de controlar esa jauría de emociones, pero es posible conocerlas e identificarlas. Libres para ser, porque, al fin y al cabo, es todo lo que importa.

                Solo los niños saben dónde se separan los caminos invisibles.

                La mirada siempre adelante, lo sueños como guías, la ternura a flor de piel. Saber que —los que ya pasamos por esos aprietos— podemos ayudar a desatar algunos pequeños nudos, nada más.

                Abandonar la rigidez de lo conocido y sumergirnos en la incertidumbre fértil de lo que está por descubrirse. Desafiar la lógica aprendida. Escuchar las voces silenciadas por la prisa y la indiferencia.

                El abrazo cálido, la mirada cómplice, la charla constante.

                La belleza en los detalles pequeños, el susurro de los secretos íntimos, el encanto de las tramas enigmáticas.

                La magia de los encuentros fortuitos, los destinos unidos, las historias inimaginables.

                Solo los niños saben hacia dónde nos conducirán los caminos invisibles.

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