Palabras…
Vivimos en un mundo repleto de
palabras. Revolotean entre nosotros. Se acercan y se alejan constantemente.
Tejen redes invisibles con sus hilos de significado.
Vivimos inundados por estas
criaturas, una cacofonía constante de expresiones. Se entrecruzan y se pierden
en el ruido de la vida cotidiana.
Palabras…
Se deslizan entre las sombras,
escurridizas y elusivas, superficiales y profundas a la vez. Se desvanecen en
el aire una vez lanzadas por nuestros labios.
Penetran indefectiblemente en
nuestro cerebro y lo habitan. Ocupan un inmenso espacio. El número de neuronas
que poseemos se compara a la cantidad de estrellas del Universo, un cosmos en
miniatura, el sitio que poseemos para pensar es colosal, ¡y todo en un solo
kilogramo de materia!
Palabras…
Somos náufragos en un océano de
palabras, una marea constante de sonidos nos arrastra. Dejan un eco en la mente
que se vuelve otro eco del eco de ese eco…
Las palabras no pronunciadas se
quedan suspendidas en el limbo de nuestros pensamientos. Se acumulan como nubes
grises en el cielo, nos oscurecen con su presencia persistente.
Secretos atrapados en jaulas de
silencio, verdades que miran al mundo detrás de una cortina, opiniones
temerosas, emociones atrapadas dentro nuestro como intrusos indiscretos.
Las palabras retenidas no se
evaporan. Se multiplican, se entrelazan y forman una maraña de pensamientos e
inquietudes que amenazan desbordarse.
Queremos convencernos de que
mantenerlas calladas es la mejor forma de lidiar con ellas, nos obligamos a
creer que es mejor ocultarlas. Enterramos tesoros y miedos por igual.
Temor al juicio ajeno, ese
escrutinio que corta más hondo que cualquier cuchillo.
Deseo de evitar conflictos, esa
tormenta que azota nuestras relaciones en un mar sin calma.
Recelo de mostrarnos vulnerables,
esa exposición de nuestro yo interior que nos deja desnudos ante los demás.
Palabras…
Cada palabra no dicha es un
ladrillo, cada emoción no expresada es un cimiento irregular, ¿por qué seguir
construyendo un edificio de sombras?
Las cosas que no decimos ocupan
lugar en la cabeza, un espacio ilimitado pero asfixiante, como un horizonte
infinito que nos apremia.
¿Por qué no liberar a esas palabras
cautivas? Permitirles fluir como notas en una partitura, como sueños desparramados
al viento. Hacer las paces con la incertidumbre. Permitir que las palabras
busquen su propio camino y encuentren otras voces que las expresen. Aceptar que
no todas las conversaciones son cómodas y predecibles. Atreverse a soltarlas, a
dejarlas volar y explorar los espacios que dejan vacíos.
En mi caso, me gusta escribirlas. Un
refugio de tinta donde las palabras danzan en las páginas, donde las sombras se
convierten en letras y los silencios encuentran voz en el papel. Allí encuentro
la melodía de mi alma. Es solo un humilde modo de no olvidarlas por completo.

Muy bueno Dario
ResponderBorrarmuchisimas gracias!
BorrarSimplemente genial. Darío sos un dios.
ResponderBorrarEpa, no será demasiado? Jaja
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