Reflexiones... opus 32 Las cosas que no decimos ocupan lugar en la cabeza

             Palabras…

            Vivimos en un mundo repleto de palabras. Revolotean entre nosotros. Se acercan y se alejan constantemente. Tejen redes invisibles con sus hilos de significado.

            Vivimos inundados por estas criaturas, una cacofonía constante de expresiones. Se entrecruzan y se pierden en el ruido de la vida cotidiana.

            Palabras…

            Se deslizan entre las sombras, escurridizas y elusivas, superficiales y profundas a la vez. Se desvanecen en el aire una vez lanzadas por nuestros labios.

            Penetran indefectiblemente en nuestro cerebro y lo habitan. Ocupan un inmenso espacio. El número de neuronas que poseemos se compara a la cantidad de estrellas del Universo, un cosmos en miniatura, el sitio que poseemos para pensar es colosal, ¡y todo en un solo kilogramo de materia!

            Palabras…

            Somos náufragos en un océano de palabras, una marea constante de sonidos nos arrastra. Dejan un eco en la mente que se vuelve otro eco del eco de ese eco…

            Las palabras no pronunciadas se quedan suspendidas en el limbo de nuestros pensamientos. Se acumulan como nubes grises en el cielo, nos oscurecen con su presencia persistente.

            Secretos atrapados en jaulas de silencio, verdades que miran al mundo detrás de una cortina, opiniones temerosas, emociones atrapadas dentro nuestro como intrusos indiscretos.

            Las palabras retenidas no se evaporan. Se multiplican, se entrelazan y forman una maraña de pensamientos e inquietudes que amenazan desbordarse.

            Queremos convencernos de que mantenerlas calladas es la mejor forma de lidiar con ellas, nos obligamos a creer que es mejor ocultarlas. Enterramos tesoros y miedos por igual.

            Temor al juicio ajeno, ese escrutinio que corta más hondo que cualquier cuchillo.

            Deseo de evitar conflictos, esa tormenta que azota nuestras relaciones en un mar sin calma.

            Recelo de mostrarnos vulnerables, esa exposición de nuestro yo interior que nos deja desnudos ante los demás.

            Palabras…

            Cada palabra no dicha es un ladrillo, cada emoción no expresada es un cimiento irregular, ¿por qué seguir construyendo un edificio de sombras?

            Las cosas que no decimos ocupan lugar en la cabeza, un espacio ilimitado pero asfixiante, como un horizonte infinito que nos apremia.

 

            ¿Por qué no liberar a esas palabras cautivas? Permitirles fluir como notas en una partitura, como sueños desparramados al viento. Hacer las paces con la incertidumbre. Permitir que las palabras busquen su propio camino y encuentren otras voces que las expresen. Aceptar que no todas las conversaciones son cómodas y predecibles. Atreverse a soltarlas, a dejarlas volar y explorar los espacios que dejan vacíos.

            En mi caso, me gusta escribirlas. Un refugio de tinta donde las palabras danzan en las páginas, donde las sombras se convierten en letras y los silencios encuentran voz en el papel. Allí encuentro la melodía de mi alma. Es solo un humilde modo de no olvidarlas por completo.


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