Reflexiones... opus 34 El dilema de la soledad

            La tarde se desdibuja poco a poco. En un banco del Parque Belgrano, la pareja de jóvenes permanece inmóvil desde el mediodía. Se toman las manos. Sus miradas convergen solo de vez en cuando. Por momentos, el silencio se vuelve incómodo. Las palabras se encuentran lejos. Sus teléfonos ofrecen refugio temporal. Luego, vuelven a entrelazar las manos.

 

            ¿Qué somos si no erizos errantes en la vastedad de infinitos escenarios y abismos de tiempo? Buscamos el calor de otros cuerpos, pero tememos lastimarnos con el roce de nuestras púas. Como astros en un universo en constante expansión, buscamos acercarnos unos a otros en medio de la oscuridad. Pero, ¿cómo hacerlo sin herirnos? ¿Es el miedo a la soledad y la necesidad de cercanía el verdadero conflicto?

            Las espinas son tanto escudos como armas…

 

—¿A qué vinimos?

—A nada, a estar juntos. ¿No solías decirme que pasábamos poco tiempo los dos solos? Aquí estamos.

—Sí, pero me aburro.

—¿Yo te aburro?

—No, me aburre que no hagamos nada, que estemos sentados acá como dos viejos cansados.

—¿Y qué te gustaría hacer?

—No sé, no tengo ganas de nada.

—Yo tampoco.

 

            Todos somos poetas de algún modo. Escribimos con nuestras espinas en el pergamino de la vida. Dejamos huellas imborrables en aquellos que osan acercarse. Somos erizos de la soledad. Buscamos compañía, tememos sentirnos vulnerables. ¿Cómo tolerar el poema verdadero con sus aristas cortantes? ¿Cómo reconciliar lo terrible y maravilloso de nuestra existencia?

 

            Un niño se tropieza frente al banco, se levanta y sigue su carrera. Los jóvenes lo miran, no se han movido ni un centímetro de su posición, ni siquiera se sobresaltaron. Los minutos se desvanecen en el aire. El parque rojo y amarillo del otoño comienza a perder el brillo de sus colores. El viento hace danzar las hojas caídas; después las barre suavemente hacia la avenida.

 

            La danza eterna del encuentro y la distancia prosigue. Cada paso es un riesgo calculado; cada encuentro, una oportunidad para herir o curarse. Somos bailarines en el abismo de la vida. Somos los que arriesgan el abrazo o el frío. Somos almas frágiles en un equilibrio precario. Somos paradojas vivientes en un mundo de sombras y destellos.

 

            En la penumbra del Parque, ahora envuelto en sombras, los jóvenes se ponen de pie y caminan con rumbo incierto. Sus ojos aún fijos en sus teléfonos. Un gesto, una sonrisa, una mueca de desagrado. Evitan los juegos infantiles del arenero como si le temieran a la ternura. Llegan a la vereda. Caminan hacia la esquina, desganados. Un beso corto y ruidoso los despide y se alejan en direcciones opuestas.

           

            En las noches gélidas de aislamiento, el deseo ardiente de la reunión nos quema por dentro. El dilema de la soledad persiste. Así emprendemos el baile eterno de la cuerda floja. Ironías de la vida: en la necesidad del otro, las heridas se vuelven inevitables.

            Quizás, el verdadero conflicto no resida en el miedo al dolor y a la soledad, si no en la distancia exacta de los vínculos auténticos.

            La existencia es un abismo insondable de contradicciones y lastimaduras. ¿Cómo haremos para encontrarnos en un mundo cada vez más conectado, pero más solitario? Hoy no encuentro un dilema más sobresaliente que el de la soledad.

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