¿Qué somos si no erizos errantes
en la vastedad de infinitos escenarios y abismos de tiempo? Buscamos el calor
de otros cuerpos, pero tememos lastimarnos con el roce de nuestras púas. Como
astros en un universo en constante expansión, buscamos acercarnos unos a otros
en medio de la oscuridad. Pero, ¿cómo hacerlo sin herirnos? ¿Es el miedo a la
soledad y la necesidad de cercanía el verdadero conflicto?
Las espinas son tanto escudos como
armas…
—¿A qué
vinimos?
—A nada, a
estar juntos. ¿No solías decirme que pasábamos poco tiempo los dos solos? Aquí
estamos.
—Sí, pero
me aburro.
—¿Yo te
aburro?
—No, me
aburre que no hagamos nada, que estemos sentados acá como dos viejos cansados.
—¿Y qué te
gustaría hacer?
—No sé, no
tengo ganas de nada.
—Yo
tampoco.
Todos somos poetas de algún modo.
Escribimos con nuestras espinas en el pergamino de la vida. Dejamos huellas imborrables
en aquellos que osan acercarse. Somos erizos de la soledad. Buscamos compañía,
tememos sentirnos vulnerables. ¿Cómo tolerar el poema verdadero con sus aristas
cortantes? ¿Cómo reconciliar lo terrible y maravilloso de nuestra existencia?
Un niño se tropieza frente al banco,
se levanta y sigue su carrera. Los jóvenes lo miran, no se han movido ni un
centímetro de su posición, ni siquiera se sobresaltaron. Los minutos se
desvanecen en el aire. El parque rojo y amarillo del otoño comienza a perder el
brillo de sus colores. El viento hace danzar las hojas caídas; después las
barre suavemente hacia la avenida.
La danza eterna del encuentro y
la distancia prosigue. Cada paso es un riesgo calculado; cada encuentro, una
oportunidad para herir o curarse. Somos bailarines en el abismo de la vida.
Somos los que arriesgan el abrazo o el frío. Somos almas frágiles en un
equilibrio precario. Somos paradojas vivientes en un mundo de sombras y
destellos.
En la penumbra del Parque, ahora
envuelto en sombras, los jóvenes se ponen de pie y caminan con rumbo incierto.
Sus ojos aún fijos en sus teléfonos. Un gesto, una sonrisa, una mueca de
desagrado. Evitan los juegos infantiles del arenero como si le temieran a la
ternura. Llegan a la vereda. Caminan hacia la esquina, desganados. Un beso
corto y ruidoso los despide y se alejan en direcciones opuestas.
En las noches gélidas de
aislamiento, el deseo ardiente de la reunión nos quema por dentro. El dilema de
la soledad persiste. Así emprendemos el baile eterno de la cuerda floja.
Ironías de la vida: en la necesidad del otro, las heridas se vuelven
inevitables.
Quizás, el verdadero conflicto no
resida en el miedo al dolor y a la soledad, si no en la distancia exacta de los
vínculos auténticos.
La existencia es un abismo
insondable de contradicciones y lastimaduras. ¿Cómo haremos para encontrarnos en
un mundo cada vez más conectado, pero más solitario? Hoy no encuentro un dilema
más sobresaliente que el de la soledad.

Hermoso relato, Darío
ResponderBorrarMuchas gracias!
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